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Un día de suerte para Salaberry.

SEGUNDA PARTE Al lado de la oficina de Gomila existían otras dos que estaban cerradas. Una de ellas me la dieron a mí. El secretario me entregó la llave y me hizo aquel pedido extraño: “Entre y salga por ésta misma puerta que uso yo y no salude a nadie; ¿está claro?” No me quedaban claros las razones pero obedecí. Ahora tenía un ingreso exclusivo por otra puerta. No debía pasar por el mostrador y saludar, algo que mis padres me habían enseñado a hacerlo, y a hacerlo bien. Tenía un escritorio y una silla giratoria. Había algunos libros de derecho abandonados y llenos de polvo. Nadie golpeaba a mi puerta. Permanecí sentado sin hacer nada durante días. Dejar de pasear con mi carro me lastimó, le había tomado cariño. Recordé las lágrimas de los linyeras cuando morían sus caballos aunque aquí la ecuación era distinta: yo era el caballo y mi vida estaba dirigida por extraños. Me acostumbré a leer por las mañanas, mientras mateaba, a Ernest Hemingway. Sus cuentos mantenían una llama ...

Un día de suerte para Salaberry

PRIMERA PARTE Cuando salí del colegio creí librarme de esa tensión que me invadía al descubrir mi poca importancia en el mundo. Un tal Sócrates ya había dicho: “Solo sé que no sé nada”. Yo hubiese remodelado la frase: “Solo sé que no soy nada”. Y entiendo que Sócrates haya pensado de esa manera; él no debía estar preocupado por ser alguien; su ser estaba condicionado a la existencia. Hoy todo es diferente, con existir no alcanza; hay que poseer y eso determina quienes somos en realidad. Cuando entré a trabajar a los tribunales de justicia de la capital federal todos me llamaban a mis espaldas “El pinche”. Así era el sobrenombre de los impúberes granulientos, peinados con gomina y de rostro asustado. No recibíamos dinero, ni teníamos obra social; menos aún derechos. Descubrí que la tiranía de los profesores y de los padres era infantil al lado de la que ejercían mis jefes. Yo no era granuliento ni me peinaba con gomina. Tenía las patas flacas como un tero y la espalda angosta y...

CLEMENTINA

El día que nevó en Buenos Aires el transporte escolar llevaba de regreso a las chicas del colegio Santa Cruz. Era un día tan frío que las ventanillas se escarchaban y las boquitas de las alumnas jugueteaban resoplando su aliento, que por momentos, parecía cristalizarse en el aire. Algunas chicas subían al micro en un estado de sonambulés y continuaban durmiendo en su asiento. Felicitas y Clementina tenían el mismo gorro de lana con pompón rosa y sus medias de lana de igual color. Mientras viajaban esa mañana, un misterioso soplo heló las gotas de agua que caían desde el cielo. Hacía cien años que no nevaba en Buenos Aires. Felicitas era la mejor alumna de su clase. Era una chica muy atenta y despierta. Tenía el rostro repleto de pecas del tamaño de un maní y sus ojos negros achinados. Su pelo lacio brillaba tanto que a veces parecía tener un aura angelical. Su sonrisa estaba siempre alistada para seducir al resto de las compañeras. En cambio, Clementina no era ni tan despierta, ...

La crueldad de la inocencia

El calor en Buenos Aires era sofocante, y moverse dentro de ella auguraba adentrarse en un mundo sudorífero y maloliente. Bajo el aire acondicionado de aquella sala nadie parecía pasar un mal momento, como si fuese una balsa en medio de un naufragio, los viejos y perdidos pacientes parecían desesperados por conseguir un turno tan sólo para evitar el calor. Sentada frente a una mujer de sesenta años repleta de alhajas, muy elegante, había un muchacho de dieciséis años. Se mostraba serio, y por momentos, levantaba las cejas como si sus pensamientos lo empujasen a expresar con su rostro lo que no hacía con palabras. Repentinamente, se puso de pie y sin mediar aviso bajó el aire a su capacidad media. La mujer lo miró fijo, con un rostro rígido y contrariado. - Disculpá… ¿No te molestaría dejar el aire donde estaba? Tengo mucho calor…- dijo la mujer - Es que tengo tos señora y el frío me está matando. – le contestó en un tono amable el joven - Te entiendo; pero, ¿Sabes que pasa tesor...

ESCLAVO DE VERÓNICA.

SEGUNDA PARTE Mi nuevo hogar era un pequeño cuarto que había servido de resguardo a viejos pescadores. Las viejas maderas del techo, desgastadas por la sal, y las paredes descoloridas por la erosión del tiempo, resguardaban en su interior el recuerdo de hombres cabizbajos, apesumbrados; olvidados por el mundo. En un rincón del suelo aún sobrevivían los resquicios de esos hombres sin hogar; sin destino: cenizas añejas y en la pared, un calendario al mejor estilo presidiario que mostraba la vida dura que llevaron aquellos extraños. Como siempre, mis días comenzaban muy temprano. Pintaba en horas en que las aves marinas se paseaban por la orilla picoteando a almejas curiosas que se asomaban para admirar el mar. El sonido del océano replegándose al llegar a la orilla era mi única compañía, reforzado por un solitario pescador escondido detrás de su raleada barba que cada mañana miraba el horizonte y parecía divisar, siempre, alguna remota señal que lo volvía a la realidad. Después de t...

Esclavo de Verónica

PRIMERA PARTE Hasta hace unos años miraba su fotografía y no podía dejar de sentir esa incertidumbre que nos ataca a los hombres, años después, por no haber hecho todo lo necesario para conquistar a esa mujer que nos quitó el sueño alguna vez. Tenía diecisiete años y en ese entonces había que poner la cara y perder la vergüenza, no contábamos con una computadora para escondernos detrás de ella y decir cualquier cosa. Recuerdo que eran pocos los que habían besado a una chica, menos aún quienes habían tenido sexo. Eran los años ochenta, años donde la música tecno comenzó a deshacer ciertos complejos; los jopos en los peinados parecían muy modernos y la democracia en el país lograba desembarcar de una vez por todas. Hace dos meses murió mi mujer. Estuve casado con Paulina Chabert durante doce años y los recuerdos que permanecen en mí después de su muerte son maravillosos. Por las mañanas de domingo, en verano, ella solía abrir la ventana y dejar que el aroma de los jazmines inunda...

El silencio de Justo

Las brisas de la tarde solían avisarnos que quedaban pocas horas de luz para jugar. No sólo estábamos Justo y yo, había varios chicos más, estaban Lucio, Lautaro y Ramón, hijos de los peones. Todos deambulábamos por los rincones del campo en busca de algo novedoso que nos distrajese hasta el día siguiente. También tomábamos mucho mate. Como nuestro tío nos había enseñado a respetar las costumbres de los demás; metíamos la boca en esa bombilla y chupábamos como el resto, pero era más una cuestión de educación que otra cosa; nosotros detestábamos el mate. Entre los surcos del maizal solíamos escondernos y jugar a policías y ladrones. Justo, mi hermano, prefería formar parte de la ley. Tenía dos años más que yo y aprovechaba su condición de policía para tomarme de prisionero y aporrearme un rato. Yo quedaba con algunos hematomas. Sus golpes, a veces, eran más salvajes de lo que mis flacos brazos podían soportar. Una vez me ató una soga a los pies y me colgó a una rama del árbol: me dejó ...

Benjamín el estorbo

Benjamín el estorbo   De haberme arrojado por la ventana de mi departamento hubiese muerto. Aquel día llevaba puesto el traje de Superman que me había traído Papa Noel, y mientras miraba hacia el vacío, trataba de adivinar que pasaría si pegaba el salto. Realmente yo sentía que podía volar, pero pensé que si tan sencillo era, miles de chicos habrían comprado el traje y andarían volando por los aires; y como yo nunca había visto a nadie hacerlo, entonces decidí no tirarme. Cuando se lo conté a mi mamá, ella me explicó que Superman no existía. Y así me enteré que no existían los ratones que dejaban dinero debajo de la almohada; ni Papá Noel; ni los Reyes Magos. Luego, cuando me dijo que papá no estaba muerto y, que en verdad, se había marchado hacía tiempo, me sentí algo mareado. Eso fue hace un año, cuando yo estaba en tercer grado, ahora estoy en cuarto y se me ocurrió que quizá algún día papá pueda venir por mí. Esto me pone muy contento pero mamá me dice que es muy difíci...