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CLEMENTINA

El día que nevó en Buenos Aires el transporte escolar llevaba de regreso a las chicas del colegio Santa Cruz. Era un día tan frío que las ventanillas se escarchaban y las boquitas de las alumnas jugueteaban resoplando su aliento, que por momentos, parecía cristalizarse en el aire.

Algunas chicas subían al micro en un estado de sonambulés y continuaban durmiendo en su asiento. Felicitas y Clementina tenían el mismo gorro de lana con pompón rosa y sus medias de lana de igual color.

Mientras viajaban esa mañana, un misterioso soplo heló las gotas de agua que caían desde el cielo. Hacía cien años que no nevaba en Buenos Aires.

Felicitas era la mejor alumna de su clase. Era una chica muy atenta y despierta. Tenía el rostro repleto de pecas del tamaño de un maní y sus ojos negros achinados. Su pelo lacio brillaba tanto que a veces parecía tener un aura angelical. Su sonrisa estaba siempre alistada para seducir al resto de las compañeras. En cambio, Clementina no era ni tan despierta, ni seductora y menos aún linda. Su afán por conservar la atención de Feli la hacía sonreír sin saber muchas veces el motivo:

- ¿Clement? ¿Está nevando o estoy loca? – dijo Feli eufórica con su nariz pegada a la ventana
- ¡Seguro que estás loca! –dijo Clement dormitando -
- ¡Mirá, por favor! ¡Está nevando! – confirmó en un tono agudo que terminó de quitarle el sueño al resto de las viajeras.

Clementina se puso de pie y apoyó las palmas de su mano contra el vidrio dejando sus huellas impresas. Comprobó que pequeños copos de nieve, como una lluvia de pochoclos, caían desde el cielo. Pronto, todas las ventanillas del transporte se vieron empañadas por una veintena de niñas, que curiosas, pegaron su nariz a la ventanilla. Oscar, el chofer, trataba de no perder de vista el camino, que poco a poco, desaparecía bajo un manto blanco. En un interminable griterío, los tonos de voz alcanzaron sus tonos más estridentes. Unas querían detener el micro y armar algún muñeco de nieve, algunas otras querían sacar los esquíes de sus casas e ir a bajar alguna pequeña pendiente; pero Clementina las hizo volver a la realidad:

- No hay montañas en la zona – dijo con certeza como si fuese una experta campeona
- Pero si esta noche nieva mucho tal vez mañana podríamos esquiar desde alguna barranca. En San Isidro hay muchas barrancas – dijo Feli
- Sería divertido, pero no sé esquiar muy bien…
- ¡Yo te podría enseñar!- dijo con seguridad
- ¡Gracias Feli! – contesto emocionada Clement y sintió la felicidad que brinda la seguridad de la amistad.

Clement necesitaba a Feli para sentirse segura. Entonces, Felicitas sacó un chocolate de su bolsillo y comenzó a saborearlo delante de su amiga.

- ¿No me das un poco Feli? – dijo Clement con inocencia creyendo que la amistad permite todo.
- No; me queda muy poquito...
- Un pedacito nomàs- creyo poder convencerla
- ¡No tengo más Clement!- dijo mientras se metía el último pedazo en su boca.

 Como una montaña rusa, Clementina se desbarrancó hacía el vacío letal que provoca el rechazo de una amiga. Trató de no llorar pero por dentro sentía desgarrarse su corazón. Se le representó una imagen en donde ella tomaba de los pelos a Feli y la golpeaba, pero abrió los ojos para evitar seguir con esos pensamientos asesinos. Estaba cansada de que fuese ella la mejor alumna; la que descubriese el primer copo de nieve caer del cielo; quien comiese el chocolate sin darle un bocado; y sobre todo, que luego se pasease con su rostro repleto de pecas simpáticas recogiendo halagos de padres y amigas.

Clementina hacía cinco años que vivía a la sombra de Felicitas; al menos así lo sentía. No recordaba bien como había sido en los primeros grados, la memoria inexperta es indiferente hacia los primeros años de vida, pero recordaba que en cuarto grado había empezado a sentir ese continuo ataque invisible de Felicitas hacia ella. Su lentitud para sobresalir era tal que antes de comprobar que era nieve, pensó en pochoclos y aún antes de creerle a Feli, creyó que desde el cielo algún lavarropas desbordado escupía jabón en polvo. Clementina no lo soportaba. A veces creía que ella descubría al mundo a través de su amiga. En una mezcla de enojo e independencia decidió enfrentarla:

- ¿Porque siempre sos tan mala conmigo? – dijo con una firmeza extraña a la pubertad más temprana
 - ¿Perdón? – le contestó Feli, que no estaba acostumbrada a ser cuestionada.
- Siempre me respondes que no a todo. Por ejemplo, el otro día, te pedí la tarea y me dijiste que no; el año pasado cuando nos encontramos en Chapelco, y nuestras familias tomaban el té juntas, te pedí tus anteojos de sol y me dijiste que no porque te los iba a agrandar; y las otras tardes te pedí tu palo de hockey, que sé que no usas, y me contestaste que se lo ibas a regalar a tu hermana: ¡Pero es mentira porque ella tiene uno nuevo!
La indignación de Felicitas estaba representada por su boca abierta de par en par, como si fuesen a sacarle una muela:

- ¡Sory! ¡No sabía que me tenías tanta envidia! Parece que estás muy pendiente de mí –
- No te tengo envidia, quiero saber porque sos tan mala conmigo. Somos mejores amigas desde chicas, ¿o no?
- ¿Mejores amigas? ¿Quién dijo eso?
- Nos sentamos juntas hace cinco años – contestó como quien da una respuesta irrefutable
- Siempre me diste lástima; por eso nos sentamos juntas… nada más.
- (…) – los ojos de Clementina se humedecieron. Indefensa ante la crueldad….bajó la mirada
- En la vida no vas a poder pedirme todo; estar detrás de mí todo el día. ¡Me tenés cansada, nena! – dijo dándole la espalda.

Clement no era tan linda como Feli. Sus padres le habían dicho que sí lo era y que dentro de unos años lo iba a ver con sus propios ojos. Pero la vista no se proyecta en el tiempo, tan sólo unos metros, y la desazón de la infancia nunca entiende de las revanchas del tiempo. Tenía unos aparatos para enderezar sus dientes que brillaban ante cualquier haz de luz perdido por el aire. En los “sports”, como llamaban a los deportes en San Isidro, no era una dotada, y el palo de hockey se le enredaba entre sus largas piernas que de lejos parecían dos zancos. Sin dudarlo, ella prefería hacer danzas, pero sabía que no le traerían popularidad. Y por querer ser popular y tener la cantidad de amigas que tenía Feli, decidió jugar al hockey. Su cuerpo endeble y larguilucho era descubierto desde la distancia, como el mástil desnudo de una carabela que se vislumbra en el horizonte del océano.
En los jardines la gente se sacaba fotos y armaba muñecos de nieve colocando una zanahoria en el lugar de la nariz. Cuando el transporte llegó al barrio privado donde vivían Feli y Clement, ambas se separaron. Feli bajó en la casa que daba al lago, la más grande y lujosa del barrio. Clement bajó dos cuadras antes en una acogedora casa custodiada por un perro San Bernardo, al que la familia intentaba despertar creyendo que él debería ser el más feliz por la nieve, sin embargo parecía poco interesado. Todos fueron a buscar a Clement para compartir la emoción de la nieve pero ella estaba abatida anímicamente. Se desplomó en su cama y lloró con una amargura tan honda que mojó las sabanas floreadas. Si le hubiesen preguntado en ese momento cual había sido la peor experiencia de su vida no hubiese dudado en contestar. Y así se durmió.

A la mañana siguiente no quedaban rastros de la nieve. Y como si hubiese sido un sueño dudoso, ambas amigas parecían no haber vivido nada importante. Al llegar no se saludaron. Sus miradas estaban clavadas en el pizarrón. Trataron de no mirarse en toda la hora pero les fue imposible, les habían dado una tarea y debían hacerla juntas:

- ¿Sabes algo? Estuve pensando; tal vez fui algo mala contigo. Ayer hablé con mamá y me dijo que debía entenderte, que tus padres no se llevaba tan bien como ellos y que eso te debía dar mucha bronca… - dijo Feli sin mirar a su compañera
- ¿Eso dijo? Mis papás se llevan bien… - dijo confundida y atrapada de nuevo.
- No. Mamá dice que tu papá tiene problemas en el trabajo y que no pueden darte tantas cosas como a mí; por eso me pidió que te preste mis cosas. Así que te traje un chocolate…-

 Clement tomó el chocolate y lo dejó sobre la mesa. No podía creer lo que escuchaba. Ella sabía que los padres de Feli se eran infieles; pero no sabía demasiado bien qué significaba ello y como Feli era su amiga nunca le dijo nada. En ese momento, sintió unas ganas irrefrenables de decirle todo pero no se animó. Una vez más no se animaba a ser mala con quien no tenía inconvenientes en serlo con ella. Tomó el chocolate, lo comió y le agradeció a su amiga. Supo en ese acto que ellas nunca podrían ser verdaderas amigas. Y desde el momento que lo supo, como esas ramas que pierden sus frutos, su alma se sintió aliviada. La clase terminó y ambas se fueron en su escolar a sus casas, siempre sentadas en los mismos asientos.

- ¿Querés venir a tomar el té a casa? – dijo Feli
- No puedo Feli; debo ir a mi casa porque hoy tengo clases de danzas.
- ¿Danzas? Que aburrido. Deberías intentar jugar hockey con nosotras.
- Lo intenté pero no soy buena para ello, por eso decidí empezar hoy con mis clases de baile
- Como quieras…- contestó Feli – ¡Pero podrías venir a verme jugar como haces siempre!
- Me cansé de mirarte. Creo que aprovecharé mi tiempo en el baile. La profesora dijo que soy buena
- Whatever… -dijo displicente

El transporte llegó al barrio donde vivían. A Clement la recibió su madre, quién llegaba temprano a su casa para ocuparse de sus tres hijos. La mamá era una mujer joven de cuarenta años. Estaba algo ancha de caderas luego de los partos de sus chicos, pero su rostro era tan fresco y agradable que nadie se fijaba en ello. Llevaba anteojos y vestía de manera informal, como esas madres que se resignan a perder lo que han perdido, la juventud, las curvas y la frescura de la piel.

- ¡Hola hija! ¿Como te fue?
- Bien. Tengo que preguntarte algo…
- ¡Uuu! – dijo la madre como preparándose a lo venidero-
- ¿Papá y vos se llevan bien? –
- ¡Si! ¿Porque preguntas eso? – dijo extrañada
- Porque Feli me dijo que su mamá le dijo que ustedes no se llevaban bien porque papá tenía problemas laborales. - la madre se quedó helada pero se rió comprendiendo que eran cosas de chicos

- No creas nada de lo que te digan. Nosotros vamos a estar siempre unidos. - dijo con énfasis

- ¿Y por qué dijo eso entonces?
- No lo sé. Eso deberías hablarlo con tu amiga. No puedo saberlo yo; pero sí te aseguro que son mentiras. A veces, las chicas quieren ser malas y dicen cualquier barbaridad. Vos no debes decir ninguna barbaridad, nunca.
- Pero Feli siempre hace y dice lo que quiere. Yo siempre debo cuidarme de no herirla, de no ser mala. Y ella tiene libertad para todo
- Así es la vida hija. Tu libertad usala para decir cosas lindas, que Feli haga lo que quiera.-

 Subió las escaleras meditando sobre todo lo que había escuchado ese día. Creía que su madre decía la verdad. Durmió como un ángel y los días que siguieron no volvió a hablar con Feli. La danza fue cada vez mejor y a fin de año la llevaron a probarse al teatro colón. En un recreo del colegio se pidió un aplauso para Clementina por haber quedado seleccionada. Todos aplaudieron y Feli agachó su cabeza sin sacar las manos de su bolsillo. Se sentía desplazada, le hubiese gustado ser amiga de Clement en ese momento pero no pudo superar sus celos y compartir el logro de su compañera. Fueron apareciendo algunas amigas que la fama estudiantil acrecienta y eso le quitó poder a Feli.

Al año siguiente, en el primer día de clases, Clement miró a su alrededor y no pudo ver a Feli. No tardó en preguntar por ella a otra amiga:

- ¿Feli? Pobre. Sus padres se separaron y la cambiaron de colegio.

Clement se sintió muy apenada. Nunca más volvió a ver a Feli ni supo de ella. Recordó ese día de nieve por mucho tiempo. Todos los inviernos esperó que volviese a repetirse, siempre miraba el cielo y cerraba los ojos esperando mojarse la cara con un copo de nieve. No volvió a sentirse tan asombrada por mucho tiempo y cada año que pasaba más recordaba la nieve y menos a Felicitas.

ILUSTRADO POR: NADIA VITOLA.
http://nadiavitola.blogspot.com/

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