Ir al contenido principal

ESCLAVO DE VERÓNICA.

SEGUNDA PARTE

Mi nuevo hogar era un pequeño cuarto que había servido de resguardo a viejos pescadores. Las viejas maderas del techo, desgastadas por la sal, y las paredes descoloridas por la erosión del tiempo, resguardaban en su interior el recuerdo de hombres cabizbajos, apesumbrados; olvidados por el mundo. En un rincón del suelo aún sobrevivían los resquicios de esos hombres sin hogar; sin destino: cenizas añejas y en la pared, un calendario al mejor estilo presidiario que mostraba la vida dura que llevaron aquellos extraños.


Como siempre, mis días comenzaban muy temprano. Pintaba en horas en que las aves marinas se paseaban por la orilla picoteando a almejas curiosas que se asomaban para admirar el mar. El sonido del océano replegándose al llegar a la orilla era mi única compañía, reforzado por un solitario pescador escondido detrás de su raleada barba que cada mañana miraba el horizonte y parecía divisar, siempre, alguna remota señal que lo volvía a la realidad. Después de terminar mi retrato de Verónica, fue a él a quien pinté en una par de ocasiones y pronto se convirtió en mi modelo favorito. Con su gorro de paja con forma de pico de ave, su pequeño cigarro en su boca y esa apariencia sucia pero noble, me dio fuerzas para no sentirme tan sólo, tan viudo.

Lo observé muchas mañanas. Él nunca parecía mirar donde yo estaba. Quise llamar su atención alguna vez, comportamiento que nunca había tenido, pero no sirvió de nada. Sólo miraba hacia adelante.

Después de que aquella tarde, una curiosa mujer se acercase a ver mis pinturas y descubriese a Verónica, me sentí algo defraudado. Supuse que encontrarla iba a ser una empresa más desafiante, una búsqueda repleta de ilusiones y pistas sembradas que ella iría dejando en el camino. Pero no fue así. Sabía que era viuda y esa palabra me hizo sentir lástima por ella. No me gustó; esa palabra me despertaba compasión, como si el viudo sólo encerrase tristeza en su corazón. Me di cuenta que yo no sentía eso y me animó un poco.



Solía ir en bicicleta hasta el puerto y comprar pescado fresco. Mi amigo Heriberto, el puestero, me guardaba siempre una buena corvina que yo me encargaba de cocinar en la rudimentaria parrilla que había armado al lado del puesto que habitaba. Apenas caía el sol, que en verano no lo hacía hasta antes de las nueve, prendía el fuego con pequeñas ramas de viejos pinos y me sentaba a esperar mi cena. No aguardaba a Verónica, ni a Paulina, esperaba que el día terminase sin pensar en nada más. El viento soplaba fuerte, pero a veces amainaba lo suficiente como para acercarme a la orilla y vislumbrar las sombras que la luna reflejaba en el mar. Entonces, el rostro de Paulina se me aparecía allí en el agua, flotando como un espíritu. Luego, sacaba mi corvina del fuego y la ponía sobre una tabla de madera y la comía con algunas papas que el fuego cocinaba con cáscara y todo.

La foto de Verónica comenzó a descansar en una caja de cartón, junto a un cuchillo, una tanza para pescar y un par de anzuelos. Y sin saber qué hacer con Verónica, la mañana siguiente decidí tomarme el día libre e ir de pesca. Tomé uno de los cuadros que había pintado del viejo pescador y decidí que se lo regalaría a aquel hombre.

Caminé descalzo sobre la arena, el agua estaba helada. El viejo pescador parecía de lejos, un pequeño monumento, siempre allí parado mirando al mar. El cielo dejó de estar anaranjado y algunas nubes lechosas aparecieron. Las gaviotas se acercaban y comían los restos de pescado que el viejo usaba de carnada. Ya demasiado cerca, me miró con indiferencia, avisándome que no era un hombre sencillo. Observó mi cuadro pero yo lo traía dado vuelta para que no pudiese verlo. La charla se hizo inevitable luego de saludarnos:

- Espero no molestarlo compañero, veo que le gusta mucho pescar… - dije tratando de ser amable.

- No me molestas… tutéame, por favor. Veo que a vos te gusta pintar...

- Mucho. Mire; justamente quería hacerle un regalo…- y extendí mi mano con el presente.

Lo observó con cuidado como si supiese de arte.

- Sos bueno muchacho – dijo mientras pitaba un cigarrillo negro- Sos muy bueno…

- Gracias. Me ayudo mucho encontrarlo todas estas mañanas; no sabía qué pintar… - dije con respeto

- Me alegro. ¿Te gusta la pesca?

- No sé; nunca pesque mucho…

- Entonces no sabes lo que te perdés… Voy a pescar algo y comemos juntos. ¿Te parece? Te voy a agasajar con mi especialidad: Pescado ahumado con papas.

Dejó mi regalo a un lado, apoyado en una heladera de telgopor y nos despedimos hasta el mediodía. Me agradaba tener con quien hablar, desde la muerte de Paulina me había convertido en un ermitaño y a pesar de que era algo que no me molestaba, muchas veces sentía que a medida que pensaba y surgían palabras que nunca veían la luz, ellas se convertían en mis prisioneras y dentro mío, tarde o temprano, armaban algún revuelo.

Nos sentamos junto a su puesto. No tenía muchas más comodidades que yo. Llevábamos la misma vida. El viejo pescador tenía unos ochenta y cinco años. No los parecía. Era un hombre bien plantado, sin joroba, con los dientes bien pegados y sin aparentes deficiencias. Hacía sesenta años que se había arrojado de un barco que llevaba prisioneros desde Buenos Aires hasta Ushuaia. Eran presos políticos. Era un simpatizante radical que luego del derrocamiento de Irigoyen fue arrestado. Pero no quiso soportar la cárcel y a mitad de camino se arrojó al agua. Nadó sin descanso y hasta algún tiburón se le acercó, pero él no mostró miedo, al contrario, con un par de manotazos lo alejó. Desde aquel entonces vivió en la playa. Sesenta años de pesca, de amigos en bares y villares pero sin ninguna mujer a su lado. “Desde que comencé a pescar me olvidé de las mujeres”.

- ¿Se olvidó?

- Si. La única mujer que amé quedó en Buenos Aires, pero yo no podía regresar. De haberlo hecho me hubiesen encontrado- dijo mientras masticaba el pescado y miraba el mar sin sacar la vista de allí- Una vez que no tuve mujer no debí preocuparme más de la vida que llevaba; de cuanto ganaba, del laburo. Ahora soy libre…

El viejo estaba sano. Parecía feliz y comía muy bien. No tenía agua caliente pero me contaba que en invierno le prestaban las duchas del club social de Necochea. En un momento pensé que era una vida muy primitiva pero no parecía yo más feliz que él…

La comida era deliciosa. Las papas estaban bien cocidas y al morderlas la cáscara crujía. El sol estaba muy fuerte y nos resguardamos adentro de su casa. Abrió una botella de ginebra y la tomamos de aperitivo. Dos vasos me alcanzaron para contarle mi historia. Escuchó callado; sin muestras de interés. Yo gesticulé con pasión todo mi relato y esperé su veredicto.

- ¿Verónica? … - dijo como si la conociese. Le mostré la foto. La tomó y la miró con cuidado.

- Era muy linda. ¡Pucha que era linda esta piba eh!

Luego se quedó callado y miró al mar, que entre los marcos de la puerta parecía aprisionado.

- A veces muchacho es mejor quedarse con los recuerdos.

- ¿Qué quiere decir? – dije preocupado

- Acompañame…

Salió de su puesto y caminé sobre la arena caliente detrás de él. Me puse unas sandalias, el viejo tenía las plantas del pie tan curtidas que no las necesitaba. No parecía tener tantos años pero tenía una seguridad en el hablar que yo nunca había tenido. Eran los años.

Entramos a una pequeña zona de negocios bastante precaria. Las calles eran una mezcla de arena y de tierra.

- Compremos algo para tomar muchacho, hace mucho calor-

Entramos a un kiosco que tenía unas tiras de plástico en la entrada para que no entrasen las moscas. El viejo golpeó las manos y apareció la vendedora. Le pidió una coca. Luego me presentó como un nuevo habitante de Necochea.

- Te presento a Verónica – me dijo sin decir mi nombre. Ambos nos dimos la mano derecha.

El viejo me miró y me guiñó el ojo. Y ahí; recién ahí... me di cuenta que estaba frente a mi Verónica. El tiempo le había jugado una mala pasada. Pesaba unos noventa kilos o quizás cien. Su pelo ya no resplandecía, ahora estaba gastado y sucio. Sólo su mirada seguía siendo tan intensa pero no bastaba para reconocer a aquella muchacha impactante que había conocido. Estaba a cargo del almacén. Se había casado con el amor de su infancia pero murió de una neurisma. Los pocos años de casada, junto con los pocos ahorros, y la falta de estudios, le dejaron ese presente desolador, achanchado. De haber tenido otro marido hubiese salido en alguna revista como la mujer más linda del año; la modelo más reconocida, pero nunca salió de su Necochea, nunca conoció otro hombre que su novio del colegio, el Roberto, y su muerte la dejó herida de por vida.

Cuando iba a salir de la tienda la miré de nuevo. Ella me miró pero no supo reconocerme.

Seguí pintando cada mañana. Y por las tardes pescaba junto a mi nuevo amigo. Al poco tiempo tomé tres de los cuatro cuadros donde había retratado a Verónica y los remate a través de mi representante en Europa, quien se alegró de mi repentina aparición. Junté casi cincuenta mil dólares. Los recibí al mes siguiente, y junto al último cuadro, se los envié a Verónica con una carta. Le agradecí porque gracias a ella había sobrevivido, sin saberlo me había ayudado. Le dejé mi dirección; mi teléfono y una copia de nuestra foto.

Al tiempo volví a Capilla del Señor. Regresé a las pinturas gauchescas, a recordar a mi verdadero amor, a disfrutar de los molinos a lo lejos, los relinchos y las calandrias. Mi alma volvió a estar en paz y comencé a retratar a Paulina.

Cuando casi me olvidaba de aquella vida junto al mar me llegó una carta. Era Verónica. Me confesaba que recordaba aquel momento, el micro, el cerro y lo llevaba guardado en su corazón. Me agradeció muchísimo… y me prometió escribirme de nuevo.

Sonreí. Yo ya no estaba tan interesado en Verónica. Mi cuenta ya estaba saldada….





Ilustrado por
Nadia Vítola
http://nadiavitola.blogspot.com/

Comentarios

carito ha dicho que…
Se hizo esperar.........pero llegó.
Me pareció muy buena la historia, su contenido, la descripción y me tocó alguna que otra fibra, lo cual es absolutamente personal pero habla muy bien de vos como escritor.
Caro

Entradas populares de este blog

El silbido que mató el amor

El silbido que mató el amor.
Michael Houllebecq escribió en Ampliación del Campo de Batalla que la mujer analizada es la mujer más mezquina y egoísta que existe y que el psicoanálisis no de-construye sino que destruye todo lo sano y puro que existe en el ser humano. 
Ello me hizo recordar el ejemplo más nítido y cercano que conocí y que respaldaba esta afirmación. Siempre que la veía pensaba: "¿Qué diablos hizo con su vida?" Los sábados por las mañanas solía acompañar a mi madre a su casa en una especie de visita que se repetía bastante. Allí sentado en la cocina mientras se tomaban un café, se podía escuchar un dulce silbido que, para cualquier distraído, hubiese sido un Jilguero. Pero no, nada más lejos. Era el llamado que él le hacía a ella para que le llevase el desayuno a la cama. 

Belarmino era un tipo alto, de tez morena y  bigotes al estilo francés del siglo XVIII. Su cara era delgada y su pera puntiaguda; sus ojos, parecían dos planetas caídos de su órbita sostenidos p…

La decision inesperada de Jacinta Correa

Cuando el sol se puso sobre su cabeza, en ese límite invisible que divide la mañana de la tarde, Jacinta Correa creyó entender todo.
Debía ser Octubre, y debía ser diecisiete porque varias personas exclamaban “¡Que día peronista!”. Jacinta no estaba en la Plaza de Mayo vitoreando al general o a uno de sus sucesores, sino que estaba en las gradas de la cancha de Polo de Palermo.
El calor se arrastraba por las tribunas y recalentaba las colas paquetas de los espectadores. Era un martes, y ella disfrutaba de ser una de esas personas galardonadas con el don de no tener que trabajar para ganarse la vida. No sabia lo que era una oficina o una obra; podía darse el lujo de ir a ver polo sin preocuparse por nada más que de asegurarse de respirar.
El calor le daba directo a las neuronas y sus recuerdos reverberaron en su cabeza, la cual se ladeó hacia un costado para apoyarse en la palma de su mano derecha. Parecía que miraba el partido, pero ese mediodía las palabras de aquella tarde eclosio…

El silencio de Justo

Las brisas de la tarde solían avisarnos que quedaban pocas horas de luz para jugar. No sólo estábamos Justo y yo, había varios chicos más, estaban Lucio, Lautaro y Ramón, hijos de los peones. Todos deambulábamos por los rincones del campo en busca de algo novedoso que nos distrajese hasta el día siguiente. También tomábamos mucho mate. Como nuestro tío nos había enseñado a respetar las costumbres de los demás; metíamos la boca en esa bombilla y chupábamos como el resto, pero era más una cuestión de educación que otra cosa; nosotros detestábamos el mate.
Entre los surcos del maizal solíamos escondernos y jugar a policías y ladrones. Justo, mi hermano, prefería formar parte de la ley. Tenía dos años más que yo y aprovechaba su condición de policía para tomarme de prisionero y aporrearme un rato. Yo quedaba con algunos hematomas. Sus golpes, a veces, eran más salvajes de lo que mis flacos brazos podían soportar. Una vez me ató una soga a los pies y me colgó a una rama del árbol: me dejó al…