Ir al contenido principal

Benjamín el estorbo

Benjamín el estorbo

 
De haberme arrojado por la ventana de mi departamento hubiese muerto. Aquel día llevaba puesto el traje de Superman que me había traído Papa Noel, y mientras miraba hacia el vacío, trataba de adivinar que pasaría si pegaba el salto.

Realmente yo sentía que podía volar, pero pensé que si tan sencillo era, miles de chicos habrían comprado el traje y andarían volando por los aires; y como yo nunca había visto a nadie hacerlo, entonces decidí no tirarme. Cuando se lo conté a mi mamá, ella me explicó que Superman no existía. Y así me enteré que no existían los ratones que dejaban dinero debajo de la almohada; ni Papá Noel; ni los Reyes Magos. Luego, cuando me dijo que papá no estaba muerto y, que en verdad, se había marchado hacía tiempo, me sentí algo mareado.

Eso fue hace un año, cuando yo estaba en tercer grado, ahora estoy en cuarto y se me ocurrió que quizá algún día papá pueda venir por mí. Esto me pone muy contento pero mamá me dice que es muy difícil que suceda. Mamá dice que igualmente los muertos también se comunican, que su padre siempre la visita en sus sueños. Entonces yo no entiendo si papá está muerto o si se marchó. En cualquier caso, yo preferiría que mi papá me visite en mi casa.

Mercedes es mi hermana. Ella va a primer año y nunca me habla demasiado. Nunca me dice Benjamín, sino que me dice “estorbo”; mamá la reta, pero por las noches, cuando ella no está, vuelve a insistir. Ella me quiere, ya que en esas mismas noches donde me llama así, a veces viene a mi cama y se acuesta conmigo porque dice que tiene miedo. Es que en la casa vecina, que vemos desde nuestra ventana, un hombre llega todas las noches y golpea a su mujer. Ella grita y pide auxilio pero nadie la ayuda. Cuando por la mañana debemos despertarnos e ir al colegio mi hermana ya no es tan cariñosa, vuelve a llamarme estorbo y cuando me lleva de la mano al colegio, sólo me toma de ella hasta la esquina de nuestra casa donde se encuentra con Clara, a partir de allí ellas se van juntas y yo me quedo solo. Como se lo prometí a Mercedes no puedo decír nada a Mamá.

Cuando camino solo es cuando mejor puedo observar ciertas cosas. A la mañana, si es primavera o verano, las señoras siempre están en la puerta de sus casas. Se sientan en una silla y chupan mate. A veces me hacen acordar a esos monos que comen bananas en las ramas de los árboles con la mirada perdida. Los hombres visten remeras musculosas de color blanco y las señoras tienen algún pañuelo en la cabeza. Mamá dice que son unos viejos “grasas” pero yo no sé qué quiere decir con eso. Yo no se lo digo, pero ella, a veces, está vestida igual. A veces, cuando se enoja, nos grita que ella tiene que trabajar todo el día para mantenerme a mí y a mi hermana. Yo le he dicho que no trabaje más pero ella me dice que si no lo hace yo moriría desnutrido. Yo tampoco sé que es eso… en esas cuadras que debo hacer sólo hasta el colegio siempre pienso en mi papá y miro a todos lados para intentar encontrarlo, pero nunca lo veo. Creo que no lo reconocería si lo encontrase, por eso, siempre llevo una foto arrugada de papá en mi bolsillo. A mamá no le gusta que mire fotos de papá, por eso tuve que robarle una. Sé que no está bien porque en catequesis me enseñaron que uno de los mandamientos es no robar. Yo se lo dije al Padre Raúl, que es el director del colegio y con quien me confieso, pero él me dijo que no era pecado y que si bien podía serlo un poco, él iba a hablar con Dios para que me perdone. Por eso me deja conservar la foto.

En una esquina muy fea, donde hay mucha basura y un perro muerto, siempre alcanzo a Mercedes. Luego de dejarme a mí, también abandona a Clara y se encuentra con Jonathan. Es un muchacho más grande que ella, ya debe estar por terminar el colegio. Pocas veces ella logra verme, porque la mayoría de las veces están abrazados y dándose besos de lo mas asquerosos. A veces, él le mete la mano por debajo del delantal blanco. Ellos nunca me ven porque siempre trato de hacerme invisible, después de todo, mamá nunca me dijo que eso fuese mentira y cuando yo me asusto me deja que lo haga. Una vez, Jonathan me vio y me agarró de una oreja:

- ¿Que haces pendejo mirando lo que no te importa? – me gritó

- ¡Aaah! Me está doliendo….- dije por el tirón de la oreja

- ¡Soltalo Johny!- le pedía mi hermana

- Espero que no le cuentes nada a tu mamá. Si no, te mato -

- ¡Dejalo! No va a decir nada, es un poco tonto….- dijo mi hermana

Ese día que Mercedes me dijo que era tonto me sentí mal. Ella era mi hermana, no podía hablarme así. A Johnatan le encanta que le llamen “Johny”. Siempre camina con los brazos bien separados de su cuerpo y masca mucho chicle. Mercedes es bastante linda, no lo digo por que sea mi hermana. Es rubia. En nuestro barrio son todos morochos y cuando los chicos ven una rubia se vuelven locos, es como si estuviesen en un zoológico frente a la jaula del león, aunque a mi me gustan más los canguros. A mi no me gustó que Jhony me agarre de las orejas, pero menos me gustó que mi hermana me llamase tonto. Esa noche yo estaba en mi cuarto tratando de hacer la tarea. Nos estaban enseñando a multiplicar. Yo todas las tardes me sentaba a hacer mis deberes. Aunque Mercedes dijese que yo era un tonto, siempre sacaba las mejores notas en el colegio. Mercedes, en cambio, era una de las peores alumnas y estuvo cerca de repetir séptimo grado. Yo la ayude mucho, por las noches le explicaba algo de geografía.

- ¿Vos como sabes todo esto “estorbo”? – me decía asombrada

- Porque lo leí en un libro que encontré ahí arriba…- dije señalando hacia arriba la única tarima con libros en toda la casa

- ¿Y vos ya sabes leer bien?

- Bueno, no mucho. En realidad te voy a decir un secreto: yo leo bastante bien, pero si digo que sé hacerlo, me van a tratar mal mis compañeros.

- ¡Benja sos un genio! ¿Cómo aprendiste a leer tan bien?

- Es que mamá escondió unas cartas de papá debajo de su cama. Un día, escuché a mamá en el teléfono decirle a alguien que esas cartas las iba a guardar hasta que nosotros crezcamos; que todavía ni sabíamos leer. Como yo no quise esperar, aprendí a leer.

Mercedes nunca quería hablar de Papá. Esa misma noche me dijo que era un estúpido anormal. Después sucedió que, en el medio de la madrugada, escuché que ella se levantaba. Yo me quedé con los ojos cerrados pero los abrí un poco. Ella prendió el velador y tiró encima de él una pollera para que la luz no me despertase, pero yo ya estaba despierto. Era muy tarde en la noche y mamá le tenía prohibido salir con sus amigas. Se puso una pollera muy corta y se pintaba, algo que mamá no le permitía hacer. También se ponía unos aros redondos bien grandes que deberían pesarle mucho. Cuando terminó, se fue de casa sin hacer ruido y antes de salir escuché que agarraba unas llaves. Mamá raramente se despertaba por las noches, ella estaba tan cansada de trabajar y de esas pastillas que tomaba que nunca escuchaba nada. Yo no podía dejar a Mercedes sola; ella decía que yo era tonto, pero la que no sabía leer bien era ella. Por eso fue que yo también me vestí en la oscuridad luego que ella se marchó. Yo sabía bien donde podía estar, a cinco cuadras vivía Johny.

Por las noches, él solía juntarse con amigos a tomar cerveza. Mamá no iba a despertarse hasta el mediodía siguiente así que no iba darse cuenta de mi ausencia. Debí tomar prestadas las llaves de mamá, puede ser que las haya robado por unos minutos. Creo que no fue algo grave, es que si pudiese abrir las puertas como en las películas todo sería mas fácil, pero existe un inconveniente: mamá no tiene tarjetas de crédito; y yo tampoco. Era de noche y por el barrio muchos chicos de mi edad merodeaban sin rumbo. Muchos se juntaban en las esquinas a tomar cerveza. La noche era calma y el calor me daba una sensación agradable. Algunos estruendos sonaban en el aire, podían ser tiros, porque muchos chicos tenían “fierros”. Algunas personas del barrio me conocían, pero muchos otros no por que mamá siempre me tenía encerrado. Unos chicos se me acercaron; eran más grandes que yo, deberían ir a séptimo grado:

- A ver nenito… danos todo lo que tenés o te hacemos boleta…- me dijo uno de ellos, que tenía un revolver en la mano.

- No tengo nada para darles; sólo salí un rato, estoy buscando a Jhony y a mi hermana….- dije

- ¿Jhony?…..- pareció que esos chicos lo conocían

- ¿Sos el hermano de Mercedes? - parecieron sorprendidos

- Si

- ¡Ah perdonamos! No sabíamos que eras el hermano. Nosotros solo robamos a extraños.     ¡Tenemos códigos pibe! Están en la casa de Jhony; yo los vi entrar hace un rato. Es ahí en la esquina, pero yo te diría que no vayas, hay mucha gente loca en ese lugar…

Al final eran buenos chicos. Allí mismo decidí que era mejor hacerme invisible, así no podían verme. También creí que era mejor, como era una casa al lado de un terreno baldío, arrastrarme por ese lote y entrar por allí y no por la puerta de entrada. Mientras me arrastraba cuerpo a tierra iba ensuciando mi única remera limpia. Tuve que tomar con mi mano una caca de perro porque se interponía en mi camino. Cuando llegué acerqué unos ladrillos que encontré allí cerca y me asomé por la ventana. La música estaba muy alta y había cuatro chicos que tomaban cerveza del mismo pico de la botella. Mercedes estaba bailando arriba de una mesa y también tomaba cerveza del pico, algo que mamá no le dejaba hacer. Ella se levantaba la pollera un poco. Uno de los chicos empezó a acariciarla y ella debió saltar de la mesa al piso. Los otros muchachos se comenzaron a acercar a mi hermana y ella pareció asustarse y dejó de bailar. Luego, se puso a bailar con Jhony. Mientras la besaba le hacia señas a sus amigos para que se acercasen, pero ella no podía verlo. Cuando uno de ellos se acercó y la tocó en su hombro ella se sobresaltó. “¿Jhony que pasa? ¡Me da miedo estar con todos a la vez!” “No pasa nada Mercedes. ¡Vos olvidate! ¡No pienses tanto! ”

Uno de los chicos desde atrás le quiso sacar la camisa, y lo hizo. Ella estaba con la mirada perdida, sin entender nada. Entonces yo me dije que debía hacer algo, pero no hizo falta. Alguien ya había llamado a la Policía, porque un patrullero se acercaba por la esquina. Varios de los chicos que estaban en la puerta empezaron a esconder cosas. Era mi oportunidad. Salí corriendo por el terreno baldío y me puse frente al patrullero. Ellos se detuvieron, entonces me acerqué a la ventanilla.

- Señor Policía, necesito su ayuda…

- ¿Que pasa pendejo? – dijo un hombre morocho con cara de malo

- No soy tan chico señor, ya estoy en tercer grado…..- y ambos se rieron

- ¿Que haces a estas horas en la calle? ¿Donde está tu madre?

- Mamá duerme; pero la que no duerme es mi hermana que está adentro de esa casa y necesita de su ayuda

- ¿Por que decís eso? – dijo uno de los policías intrigado

- Por que mamá no la deja salir de casa pero ella se escapó y se vino para acá. Yo la seguí. La espié un poco por la ventana y está con varios chicos allí dentro bailando y tomando cerveza

- Volvé a tu casa y deja que tu hermana se divierta un poco; ya debe ser grande y quiere divertirse. Vos ya te vas a divertir- y sacó la mano del interior del auto para acariciarme la cabeza

- No, señor ¡Espere! La tiene que ayudar. Ella no es grande, tiene trece años y hay varios chicos que la quieren tocar y ella no quiere, esta asustada, yo la conozco. Su novio tiene dieciséis, se llama Jhony y llevó varios amigos y entre todos la están tocando.-

Los policías se miraron y me subieron a la parte de atrás del patrullero. Me dijeron que me iban a ayudar y se fueron a lo de Jhony. Paramos el patrullero en la puerta y todos se pusieron de pie. Yo no bajé. Estaba la ventanilla baja y pude escuchar todo. A pesar de que algunos se lo querían impedir entraron a la casa. Después de un rato la trajeron a Mercedes a la camioneta; ella no se resistía. Cuando entró, yo ya me había escabullido de allí y nuevamente me hice invisible. Traté de llegar a casa rápido y así lo hice. Me metí en la cama. Pude ver cuando el patrullero estacionó en la puerta de mi casa. Mercedes se bajó, y cuando estaba por entrar, yo me asomé por la ventana. Los policías me vieron y yo los saludé para agradecerles. Enseguida me metí en la cama y me hice el dormido, si mi hermana hubiese sabido que yo la había seguido me hubiese matado. Entró a la habitación y sin prender la luz se cambió de ropa. Escuché que lloraba. Miraba hacia mi cama pero no decía nada. Luego de ponerse el pijama con flores que le habían regalado para su cumpleaños se metió en mi cama. Ella me abrazó y lloró un poco.

- ¿Que pasa Mercedes?- dije

- ¿Que pasa? Los policías me dijeron que mi hermano los había llamado. Que yo tenía miedo. ¿Como sabías? ¡La pase tan mal Benja! Jhonny y sus amigos son unos tontos, se quisieron aprovechar de mí. Por suerte llegó la policía, no sé que hubiese pasado…. ¿Como hiciste para saber que estaba mal? No entiendo....

Yo no podía decirle que la había seguido. Iba a delatarme con mamá algún día. Aparte no podía decirle que me había hecho invisible. Así que le conté lo que muchas veces me decía el Padre Raúl. Que no había sido yo el que había cuidado de mí o de mi familia, si no otra persona

- ¡No vas a creerme! Pero le pedí a mi ángel de la guarda que te acompañase y le avisase a la policía si te pasaba algo. Y parece que le aviso nomás…

Ella me abrazó muy fuerte. Dijo que de todas las tonterías que había dicho en mi vida ésa si me la creía. Yo sabía que no era mi ángel de la guarda, por que había sido yo. Pero a partir de ese día siempre le pedí a él que cuidase de mi hermana. Ella nunca más se vio con ese tonto de Johny, por eso hoy creo que no existen ni los Reyes, ni Papa Noel ni los ratones, pero si existe el ángel de la guarda. Yo pasé a mi cuarto grado y, a pesar que mi hermana sigue coqueteando con chicos más grandes, ya nunca mas me llamó estorbo.


Ilustrado por Nadia Vítola
http://nadiavitola.blogspot.com

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Bien Peter, bien. Te felicito.

Entradas populares de este blog

El silencio de Justo

Las brisas de la tarde solían avisarnos que quedaban pocas horas de luz para jugar. No sólo estábamos Justo y yo, había varios chicos más, estaban Lucio, Lautaro y Ramón, hijos de los peones. Todos deambulábamos por los rincones del campo en busca de algo novedoso que nos distrajese hasta el día siguiente. También tomábamos mucho mate. Como nuestro tío nos había enseñado a respetar las costumbres de los demás; metíamos la boca en esa bombilla y chupábamos como el resto, pero era más una cuestión de educación que otra cosa; nosotros detestábamos el mate.
Entre los surcos del maizal solíamos escondernos y jugar a policías y ladrones. Justo, mi hermano, prefería formar parte de la ley. Tenía dos años más que yo y aprovechaba su condición de policía para tomarme de prisionero y aporrearme un rato. Yo quedaba con algunos hematomas. Sus golpes, a veces, eran más salvajes de lo que mis flacos brazos podían soportar. Una vez me ató una soga a los pies y me colgó a una rama del árbol: me dejó al…

El silbido que mató el amor

El silbido que mató el amor.
Michael Houllebecq escribió en Ampliación del Campo de Batalla que la mujer analizada es la mujer más mezquina y egoísta que existe y que el psicoanálisis no de-construye sino que destruye todo lo sano y puro que existe en el ser humano. 
Ello me hizo recordar el ejemplo más nítido y cercano que conocí y que respaldaba esta afirmación. Siempre que la veía pensaba: "¿Qué diablos hizo con su vida?" Los sábados por las mañanas solía acompañar a mi madre a su casa en una especie de visita que se repetía bastante. Allí sentado en la cocina mientras se tomaban un café, se podía escuchar un dulce silbido que, para cualquier distraído, hubiese sido un Jilguero. Pero no, nada más lejos. Era el llamado que él le hacía a ella para que le llevase el desayuno a la cama. 

Belarmino era un tipo alto, de tez morena y  bigotes al estilo francés del siglo XVIII. Su cara era delgada y su pera puntiaguda; sus ojos, parecían dos planetas caídos de su órbita sostenidos p…

Adalberto, una guitarra y Quiroga.

En Adalberto Gandulfo residía el anhelo de contemplar la llanura inconmensurable, de posar sus ojos en el horizonte infinito de La Pampa. Sus raíces criollas no se habían evaporado con el paso del tiempo, y como el perro que abandona la casa de su dueño para morir, él lo hacia para encontrar su vida.

Su tatarabuelo, José Fructuoso Rivera, fue uno de los más célebres baqueanos que dio el Río de la Plata. Adalberto aún conservaba los dones del oficio, pero la vida no le daba la oportunidad de mostrarse, ya no había ni pampa ni llanuras. También llevaba la música en la sangre; herencia de los Gandulfo.

Se vistió de manera cómoda, sin pensar en mujeres, ni en espejos. Una boina, alpargatas, su bombacha; y emprendió nomas el viaje .

Manejaba sereno y en una de esas miradas al espejo retrovisor, comprobó como desaparecían las ojeras que lo acompañaban desde hacía una década, cuando creyó que entrar a aquel bufete de abogados, iba a cambiarle la vida. Estaba saturado de los “casualdays”; d…