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El silencio de Justo

Las brisas de la tarde solían avisarnos que quedaban pocas horas de luz para jugar. No sólo estábamos Justo y yo, había varios chicos más, estaban Lucio, Lautaro y Ramón, hijos de los peones. Todos deambulábamos por los rincones del campo en busca de algo novedoso que nos distrajese hasta el día siguiente. También tomábamos mucho mate. Como nuestro tío nos había enseñado a respetar las costumbres de los demás; metíamos la boca en esa bombilla y chupábamos como el resto, pero era más una cuestión de educación que otra cosa; nosotros detestábamos el mate. Entre los surcos del maizal solíamos escondernos y jugar a policías y ladrones. Justo, mi hermano, prefería formar parte de la ley. Tenía dos años más que yo y aprovechaba su condición de policía para tomarme de prisionero y aporrearme un rato. Yo quedaba con algunos hematomas. Sus golpes, a veces, eran más salvajes de lo que mis flacos brazos podían soportar. Una vez me ató una soga a los pies y me colgó a una rama del árbol: me dejó ...

Benjamín el estorbo

Benjamín el estorbo   De haberme arrojado por la ventana de mi departamento hubiese muerto. Aquel día llevaba puesto el traje de Superman que me había traído Papa Noel, y mientras miraba hacia el vacío, trataba de adivinar que pasaría si pegaba el salto. Realmente yo sentía que podía volar, pero pensé que si tan sencillo era, miles de chicos habrían comprado el traje y andarían volando por los aires; y como yo nunca había visto a nadie hacerlo, entonces decidí no tirarme. Cuando se lo conté a mi mamá, ella me explicó que Superman no existía. Y así me enteré que no existían los ratones que dejaban dinero debajo de la almohada; ni Papá Noel; ni los Reyes Magos. Luego, cuando me dijo que papá no estaba muerto y, que en verdad, se había marchado hacía tiempo, me sentí algo mareado. Eso fue hace un año, cuando yo estaba en tercer grado, ahora estoy en cuarto y se me ocurrió que quizá algún día papá pueda venir por mí. Esto me pone muy contento pero mamá me dice que es muy difíci...

Recuerdos de Moises

Siempre me han dicho que me calle si no sabía de lo que estaba hablando. Incluso en el colegio siempre me piden que preste atención, pero es muy difícil hacerlo porque detrás de mí se escucha un alboroto constante. Cuando me distraigo comienzo a hablar con mis compañeros, y como estoy sentado en el primer banco, debo darme vuelta para hacerlo; y es por eso que siempre me retan. Detrás de mí, sólo dos filas, se sienta Amelié. Su nombre es raro porque no conozco otra persona con ese nombre en todo mi mundo, el que se compone de mis papás, mis hermanos y mi perro Homero; el almacenero Julio, mis vecinos Ana y Carlos; mis nueve primos, mis dos maestras y todos mis compañeros del sexto grado. De toda esa gente nadie se llama así ni remotamente. Ella es una chica fabulosa, lo he escuchado decir muchas veces: “¡Amelié es grandiosa! ¡Es estupenda!”, murmuran en los recreos. Muchos dicen que los padres eligieron ese nombre por una película francesa, pero yo no la he visto. Creo que nunca hubie...