martes, 6 de diciembre de 2011

Adalberto, una guitarra y Quiroga.


En Adalberto Gandulfo residía el anhelo de contemplar la llanura inconmensurable, de posar sus ojos en el horizonte infinito de La Pampa. Sus raíces criollas no se habían evaporado con el paso del tiempo, y como el perro que abandona la casa de su dueño para morir, él la abandonaba para empezar su vida.
Su tatarabuelo, José Fructuoso Rivera, fue uno de los más célebres baqueanos que dio el Rio de la Plata. Adalberto aún conservaba los dones del oficio, pero la vida no le dio la oportunidad de mostrarlos, ya no había pampa ni llanuras. Además, también llevaba la música en la sangre, herencia de los Gandulfo.
Se puso sus ropas más cómodas: una boina, alpargatas, su bombacha y emprendió la odisea.
Mientras manejaba, se miraba al espejo retrovisor y comprobaba como desaparecían las ojeras  que lo acompañaban desde hacía una década, cuando creyó que entrar a aquel bufete de abogados, iba a cambiarle la vida. Estaba saturado de las palabras en inglés, de los “casualdays” y de los “breaksstorming”, le daba vergüenza, como hombre de campo, bastardear su lengua con términos gringos.
Adalberto se concentraba en todas las oportunidades que su nueva vida le ofrecía: volver a cantar en alguna peña, disfrutar del sol por las mañanas, tener tiempo para leer. Sin duda eran cosas simples, pero que a veces parecen lujos inalcanzables.
Era un gran cantante. En las peñas de Buenos Aires las mujeres que lo escuchaban quedaban sin habla, como el gaucho dejaba mudo, con su facón, al cajetilla que osaba mirar a su china. 
San Antonio de Areco era su lugar en el mundo y lo primero que hizo fue visitar la pulpería, a la misma que habían entrado cientos de gauchos en el siglo XIX en busca de una caña. Al bajar del auto vio a unos chimangos que hacían vuelos rasantes mientras sus pechos se humedecían con el rocío del pasto. Pensó que el campo tenía un sonido propio, y la ciudad sólo hacía ruido. El sólo pensarlo le causo gracia y por eso fue que se rió.
Se ubicó en una mesa contra el rincón, y al mirar por la ventana, se encontró con una llanura sin fin. Los rastros de civilización no daban señales de vida. No escuchó más al chimango, ni al silencio, y los colores perdieron su fuerza. Fueron instantes nebulosos que Adalberto vivía con frecuencia, sobre todo, cuando cantaba una chacarera vieja y sus sentidos retrocedían en el tiempo. Y así le sucedió esta vez, y no sólo con sus sentidos.
Detrás de la barra enrejada, estaba parado un hombre de rasgos gruesos, con la barba sin afeitar, la piel curtida y sus ropas camperas muy sucias. Sus codos se apoyaban en el mostrador y miraba hacia la entrada.
 Desvió sus ojos levemente y miró a su nuevo y extraño visitante.
-          ¿Qué va a tomar?- dijo sin muchas amabilidad
La pregunta lo tomó desprevenido.
-         Lo de siempre.- dijo Adalberto tratando de salir del paso.
Sin moverse del mostrador, solo bajando una mano, sacó un vaso y lo lleno de un líquido turbio olvidado en una botella vieja.
-         Acá tiene su caña…-
Gandulfo pensó que podía estar cargándolo pero su mirada no reflejaba ningún ánimo de broma.
-         Gracias -dijo
-         Las tropas del Comandante están por la zona, y siempre buscan traidores...- soltó el pulpero sin querer advertirlo amistosamente sino provocarlo.
-         No encontrarán a ninguno por acá – contestó.
-         ¿Y porque no lleva la divisa punzó?
Lo comprendió. No era la primera vez que le sucedía, en sus cantos primero y ahora en su opera prima, su escape de la ciudad, su presente se esfumaba.
-         Se me cayó en el viaje. Vengo desde Buenos Aires y el viento me jugó una mala pasada.
El pulpero le clavó la mirada sin creer lo que le decía. En el horizonte se levantaba polvo, Adalberto creyó ver guanacos, luego se dio cuenta que una tropilla se acercaba a aquel establecimiento. El pulpero, sin moverse, sacó una cinta colorada y se la puso en su pecho. Sin mirarlo, casi con desdén, le dijo al visitante:
-         Sólo me quedó una...-
Era una tropa de soldados federales, quizás en busca de salvajes unitarios. Adalberto se dio cuenta que sin la divisa punzó iba a terminar muerto. Eran seis o siete gauchos de rostros recios. No se veían nada felices, dentro de la galera de ellos venía el jefe:
-         Ese que baja del carro es Quiroga. Facundo Quiroga….- dijo lentamente.
Era petiso. Sus pelos estaban sucios y llenos de rulos como esos pajonales enredados que ruedan en el desierto empujadas por el viento. Llevaba un chiripa y unas botas. Visto con ojos del siglo XXI parecía cómico, pero su mirada no lo era. Adalberto quedó fascinado con su presencia. Su entrada fue lastimosa, lejos de ser un prócer parecía un ciruja autoritario que se sentía dueño de todo y de todos:
-         Comida y bebida para mis hombres- exigió, y de un salto, el hombre que atendía, que se había mostrado tan recio con el visitante, pareció convertirse en un perro servil.-
-         Si Comandante. – dijo, y se puso a servir caña para todos mientras sacaba unas tortillas de maíz que tenía preparadas.


Los cuatro hombres que acompañaban a Quiroga comenzaron a mirar a Adalberto. Su ropa de campo era algo extraña y estaba muy limpia.
-         ¡Este paisano se adelantó al carnaval! – exclamó uno
-         Tiene cara de traidor…- se sumo el otro.
Gandulfo no los miraba.
-         ¡Usted! ¿Donde está su divisa punzó? –lo interrogó el más agresivo.
Fue un instante, un destello de picardía que lo salvó.
-         La llevo en el corazón, Señor...
Quiroga no lo miraba, pero Adalberto sabía que no hacía falta hacerlo; estaba al tanto de lo que sucedía. –
-         Debería tener cuidado porque podría terminar muerto por traidor…
-         Lo tendré, Señor.
-         ¿Y porque se viste así?
-         ¿Así, como?
-         Con esas alpargatas
-          Me las regaló mi hermano que vive en la Banda Oriental. Allá son muy usadas.
La respuesta pareció convencerlos.
-         ¿Y a que se dedica? ¿Qué hace por acá? ¿No será espía del General Rivera, no?
-         Soy cantante. Estoy buscando un lugar donde cantar.
Todo iba bien. Pero la voz de Quiroga se impuso al ambiente como un trueno que deja mudo a los chicos en una noche tormentosa.
-         Una guitarra para este hombre. – exclamó, y el pulpero sacó una de debajo del mostrador, que a esa altura parecía tener todo lo que Facundo necesitaba.-
 El Comandante fue hasta Adalberto y sin dejarlo de mirar a los ojos, le extendió la guitarra.
-         Cante para nosotros.- dijo cortante.
 Tomó la guitarra y tragó saliva, pero no estaba nervioso. Era la primera oportunidad de despuntar su carrera artística. Y la emoción lo envolvió:

-          Ante el Cris, ante el Cristo Redentor
-         se arrodí, se arrodillaba un arriero
-         Y rogá, y rogaba por las almas
-         De los bra, de los bravos granaderos
-         Eran se, eran sesenta paisanos
-         Los sesé, los sesenta granaderos;
-         Eran va, eran valientes cuyanos
-         De corá, de corazones de acero.
La voz de Adalberto dejó asombrado al Comandante quien miró al más fornido y corpulento de sus soldados y de un rebencazo en la cara lo volteó de su silla.
-         ¡Bárbaro insolente! La próxima ocasión que llames traidor a un hombre respetuoso de los Granaderos te mandaré a estacar y yo mismo te azotaré.-
Luego, se acercó a Gandulfo con una postura respetuosa ysu tono de voz mas calmo.
-         Usted hombre…- dijo a Adalberto - Tome sus cosas. Debemos partir hacia el Norte. Vamos a necesitar de su música. Una vez que ponga orden entre Latorre y Heredia, volveremos a Buenos Aires y lo presentaré en sociedad. ¡Las mozas cajetillas van a volverse locas!
El dueño de la pulpería miraba asombrado. Su guitarra se la llevaba Adalberto que no pensaba en nada más que en el comienzo de su carrera profesional. Olvidó su pasado y salió al galope en un caballo de la tropa. Adalberto Gandulfo se perdió en la polvareda.
Nunca más se supo nada de él. Existen crónicas en viejos manuscritos que hablan del cantante preferido del Comandante. Aún  hoy, cuando las tormentas levantan tierra cerca del Pago de Areco, leves sonidos musicales se escuchan en el horizonte.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

La decision inesperada de Jacinta Correa

Cuando el sol se puso sobre su cabeza, en ese límite invisible que divide la mañana de la tarde, fue cuando Jacinta Correa creyó entender todo.

Debía ser Octubre, y debía ser diecisiete porque varias personas decían “¡Que día peronista!”. En su casa odiaban a Perón, pero cuando era un día muy agradable no dudaban en llamarlo así. Para un peronista hubiese sido extraño porque ella no estaba en la Plaza de Mayo vitoreando al general o a uno de los miles de descendientes que lo sucedieron sino que estaba en las gradas de la cancha de Polo de Palermo.

No miraba el partido. El calor se arrastraba por las tribunas y calentaba las colas paquetas de los espectadores. Era un día de semana, y ella era una de esas personas galardonadas con el don de no tener que trabajar para ganarse la vida. No sabia lo que era una oficina o una obra, sino que podía darse el lujo de ir a ver polo sin preocuparse por nada más que respirar.

Conciente de esa situación, el calor comenzó a entibiar sus neuronas y así los recuerdos reverberaron en su pequeña cabeza, la cual se ladeó hacia un costado para apoyarse en la palma de su mano derecha. Parecía que miraba el partido, pero ese mediodía las palabras de aquella tarde eclosionaron en Jacinta.

Ese mediodía el sol se posó sobre ella. Para muchos podría tratarse de una nimiedad, como lo es un rayo del sol; el vuelo de un pájaro; las campanadas de una Iglesia y hasta un sueño nebuloso, pero para otros, en un plano mas elevado, significan ayudas de Dios.

                                                ………………………………..

Estaba a seiscientos kilómetros de Buenos Aires en el pueblo de Coronel Pringles. Su mejor amiga la había llevado el fin de semana a ver a Indalecio Almada, el vidente de la zona que vivía a treinta kilómetros del campo que la familia Ortiz Irigoin tenía allí.

Mientras viajaban, Jacinta miraba el paisaje, sobre todo a esos peones de campo, gauchos recios y curtidos por la soledad, que saludaban cada vez que Leticia les tocaba bocina. Ella lo hacía no porque los conociese sino porque le causaba gracia que todos levantasen su mano y sonriesen sin saber el motivo.

En el auto sonaba una canción. Era Folklore. Ambas eran enamoradas de ese género musical que habían aprendido a escuchar en sus casas, donde la tradición argentina del mate, el folclore y el vino se repetía a menudo. La zamba hablaba de una madre que escribía a su pequeña hija recién nacida. Era una canción muy sentida y Jacinta se emocionó: “Quise hacerla bien sencilla, dos o tres tonos nomás, para que puedan tus manos acompañarla al cantar”. La emoción invadió a Jacinta, la idea de la maternidad venía ganando terreno en su cabeza.

Sobre el freno de mano había un mate y Jacinta iba cebándolo de vez en cuando con mucha calma sin apurarse para darle lugar al dialogo. También había varios libros que empezaría a hojear en el campo, ya que luego de ver a Indalecio aprovecharían tres días de descanso. Las dos tenían el mismo libro, un best seller llamado “Eat pray and love”. Ambas leían inglés. La historia no era muy consistente pero hablaba del sentido de la vida, algo que las mujeres de su época parecían desconocer. Entonces, entre tanto vacío, al leerlo, rellenaban esa ausencia con ideas extrañas y así nació la idea de ver a un vidente.

A pesar de andar por el campo desde pequeñas, nunca dejaban de sorprender a los habitantes de la zona, ya sea por sus maquillajes; sus zapatos o cuando decían a los peones del campo la palabra “Sory”. Sin embargo, cuando se prendía un fogón y una guitarra se posaba sobre sus pechos, el acento de sus zambas y chacareras eran tan autóctono que todos olvidaban las diferencias.

Unos alguaciles se estrolaban contra el parabrisas y yacían sobre el capot de la camioneta. El calor no parecía molestar aún a los gauchos que seguían trabajando, arriando ganado, pasando con los tractores para remover la tierra próxima a sembrarse. La vida del campo atraía a Jacinta. Amaba su docilidad, su apego al tiempo y a la naturaleza y de vivir las pequeñas cosas que la naturaleza regalaba. Pero terminaba pensando que también podía ser una vida muy chata. Al pensar en esa palabra se dio cuenta que su vida en la ciudad también podía serlo. A pesar de estar rodeada de lujos, dinero, campo, hombres de polo y demás, su vida era liviana como la vida de esos alguaciles.

En De la Garma vivía Indalecio. El abandono de viejos silos mostraba el potencial agrícola que quiso ser pero que nunca fue. El viejo bar, almacén del pueblo, no tenía más de dos o cuatro visitantes por día, a veces eran sólo sus dueños que se sentaban en las mesas para disimular el vacío. Luego estaba la estación de servicio con dos expendedores, y uno sin funcionar desde los años noventa. La casa del vidente era la última de la civilización, si a esas diez manzanas podían llamársele así.

La ventana de su pieza daba al campo llano. Había sido una casa de adobe, de las primeras de la zona. Era un vidente conocido pero nadie lo visitaba porque la gente del campo no andaba preocupada. Las expectativas de los pobladores de De la Garma eran pocas: tener esposo o esposa y unos críos. En ese pueblo, el futuro tan sólo era el día de mañana.

Tocaron a la puerta. El perro de Indalecio despertó asustado ante los perfumes tan refinados de aquellas mujeres, la puerta se abrió con lentitud y un hombre grande, de unos setenta u ochenta años, achinó sus ojos para mirarlas bien sin dejar de lado la amabilidad campechana:

- ¿Sr. Indalecio?

- Si…

- ¡Como está! Vinimos a verlo para que nos adivine el futuro – dijo Leticia y Jacinta la miró extrañada porque ella no iba exactamente para ello sino por curiosidad

- Mirá vos…..- dijo en in tono muy bajo

Al pasar descubrieron como un loft, ya que no había más que un espacio grande. Allí contra la ventana se veía la cama. Una biblioteca repleta de libros, una mesa que se sostenía, con cuatro patas enclenques, una pava y un mate. Indalecio les arrimó una silla a cada una y posó sus ojos sobre el libro que Leticia había bajado del auto:

- ¿Qué estás leyendo?

- Eat paray ando love - dijo con naturalidad en inglés.

El vidente no respondió ni hizo ningún comentario. Jacinta hubiese preferido que lo dijese en español pero ya era tarde.

- Mire Indalecio, mi amiga Jacinta anda medio preocupada y le gustaría saber qué será de su vida, por eso la traje. – dijo con suficiencia Leticia – Así que los dejo solos. Yo me voy con mi libro al auto

Y sin más se retiró. Entonces, quedaron los dos solos. Indalecio tenía una mirada profunda, poseía ese comportamiento que tienen los hombres de experiencia, que saben que nada pueden hacer por ganarle un minuto a la vida y por eso se toman todo con calma. Llevaba una vestimenta de trabajo y un sombrero de ala ancha. Tomó a Jacinta de la mano. Ella noto la callosidad y el peso de esas manos trabajadoras. Su mirada intimidaba a Jacinta que no podía sostenerla, aunque notaba que le trasmitía serenidad.

- No es que esté preocupada, pero tengo algo de intriga por mi futuro. No es miedo como dice Leticia. No. Solo me gustaría escuchar que voy a ser normal, que voy a tener hijos, un marido y hasta una casa. Si sólo escuchase eso dormiría más tranquila.

Jacinta era una muchacha concreta. No andaba con vueltas. Indalecio la miró con cariño, como si la que estuviese enfrente fuese su pequeña hija.

- Tienes las manos muy limpias… - dijo con serenidad.

Ella se extrañó un poco de la respuesta y se miró la palma de las manos. Eras manos suaves, con dedos largos. Hubiese sido una buena pianista de haber tenido docilidad en sus oídos.

- Las manos limpias –repitió-, y tus zapatos brillan como las estrellas en una noche despejada.

Jacinta seguía desconcertada.

- Deberías ensuciarte más- dijo y se puso de pie para espiar por la ventana.

De espaldas pudo verlo mejor y encontró que Indalecio tenía sus ropas sucias y su piel resquebrajada por el sol pero su sonrisa era tan brillante y resplandeciente que su pelo y sus manos no importaban.

- Está caluroso el día…. Vamos afuera a tomar un poco de aire. Tu amiga se puede entretener con ese libro…

En el jardín de su casa había muchos frutales. Tomó unos duraznos del árbol y le dio uno a Jacinta. Él dio el primer mordisco y el jugo de la fruta le dejo su pera mojada.

- Mis frutales y mi huerta han sido un regalo a mi vida. No tuve hijos, pero cada día cuido a cada árbol como si pudiesen darme uno.

La huerta tenía toda clase de verduras y los colores de ellas conformaban un colage de aromas y sabores.

- Me dijiste que querías dormir tranquila…

- Si, si, eso mismo le dije- respondió Jacinta qua preció emocionarse con la insinuación a la vuelta al dialogo, porque hasta ahora sentía que la charla de su jardín de nada le servía.

- Para dormir tranquila debes vivir con menos tranquilidad. Debes ensuciarte más las manos, embarrarte más los pies, acá en el campo te diría que “montes a pelo”, sin seguridades, que te largues a vivir.

- Me parece que no entiendo a qué se refiere…

- No sabría explicarte todo, mi vocabulario es escaso…

- Es que siento que me falta largarme, es verdad, vivir más, salir a conocer el mundo…pero; ¿Qué me quiere decir con embarrarme?

- Vivir sin miedo a ensuciarse, correr sin miedo a caer, enamorarse sin miedo a equivocarte. Estás muy limpia, contenida por tus miedos a fracasar, por tus miedos enamorarte del hombre equivocado, que esté fuera de tus paradigmas sobre lo que el hombre debe ser...

Jacinta empezó a entender.

- ¿Te gusta cocinar?

- No lo sé, nunca lo hice

- Cuando cocino con mis verduras sacadas de la huerta, con mi olla que brilla al sol y un fuego en mi asador, siento que vivir tiene muchos secretos. Elegir mi comida, ganarla con mis manos, poner esfuerzo para que las verduras crezcan y luego admirarlas en su madurez me hacen sentir realizado. ¿Alguna vez tuviste miedo de no tener que comer?

- No, nunca.

- Quizá, mi hija, no sea necesario tanto, pero para valorar cada aspecto de la vida debemos tener miedo de perderlo aunque sea solo un segundo.

- Entiendo.

- Hay un hombre que te está esperando…

Indalecio miró la inmensidad del campo sin decir nada.

- Está cerca, pero está lejos también.

- ¿Quién es?

- No sabría decírtelo. Pero debes despojarte de todo. Estas muy ocupada y sin ocupación al mismo tiempo

- ¿Cómo dice?

- Tienes tu tiempo, tu vida repleta de nimiedades, de fiestas, ruido y noches pero no tienes a nadie al lado. Ese hombre no es de esos lugares. Te espera, pero vos lo buscas por lugares equivocados. Verás, la felicidad esta regada por caminos angostos. Si se empecina hija en enfocarse en el dinero, la noche y la vida aparente, no encontrará a ese hombre.

- ¿Y donde lo voy a encontrar?

- Deberás caminar mucho y para eso debes estar descansada sin perder el tiempo en esos otros hombres que sueñas.

- Creo entender algo…

- ¿Crees en Dios?

- Si

- Pues cree más. Lo ofendes con tan poco Fe. Háblale

Esas palabras la dejaron perpleja.

- Ahora dejemos esto acá y ver a verme en dos meses.

En el viaje de regreso, las amigas no cruzaron ni una palabra. Jacinta miraba hacia la llanura pensando qué era lo que quiso decirle Indalecio. Los meses siguientes a esa visita se la paso visitando iglesias de Buenos Aires. Se sentaba frente a Jesús. No decía nada aunque no dejaba de pensar en su vida, sus expectativas y todo aquello que quería lograr. Por las noches se había acostumbrado a no dormir y por lo tanto, durante el día siempre estaba cansada.

Frente a las imágenes de Jesús descubría que lograba encontrar una serenidad que no tenía, y así, las visitas se hicieron más frecuentes. Salía de su casa a la mañana bien temprano y a las nueve ya estaba sentada frente a su imagen predilecta en la Iglesia de San Martín de Tours. Las horas volaban, y si en los comienzos le pedía mucho, luego sólo lo contemplaba. Tantas visitas la hicieron fijarse en la Misa que los demás celebraban y quiso dar un paso más. Empezó a asistir. Y así llego a una confesión, atropellada pero sincera, que la hizo comulgar luego de años.

El fervor se exteriorizó en su rostro. Estaba sonriente todo el día y ya no pensaba en nada más que Dios. Dejó de acostarse tarde y de ver a sus amigas, a quienes no extraño demasiado. Por primera vez, era feliz.

Una mañana, la vieja vida le empezó a pasar facturas y sintió que debía ir a ver un partido de polo en Palermo, donde viejas amistades iban a estar, en la cancha y en las tribunas. Hacia calor y a pesar de que miraba el partido, estaba pensando en algo que la tenía intrigada. Se había despertado en su interior la vocación, empezó a creer que Dios la quería para algo en especial. Ya no pudo dejar de pensar, le daba miedo, pero rezaba todos los días para hacer su voluntad.

Y así, frente a la cancha, se dio cuenta que esa vida ya no le pertenecía, que aquellos amigos eran parte del pasado. En la mitad del partido se fue. Quería hablar con un sacerdote que había conocido. Nunca más regreso a Palermo.

Hace tres años que vive en el Convento de las Benedictinas en Beccar, San Isidro. A veces, Leticia la visita y Jacinta vuelve a hablar de polistas, de la noche y de temas irrelevantes. Pero lo hace para ser educada con su amiga a quien tanto quiere, pero cuando el tiempo de visita termina, ella vuelve a encerrarse en los interiores del convento, donde también tiene una huerta y dos limoneros a los que trata de cuidar con la misma pasión que Indalecio cuidaba sus frutales. Cada vez que remueve la tierra y siembra algo nuevo en su huerta se pregunta si Indalecio era un simple campesino con un don especial o solo era Dios disfrazado.

miércoles, 21 de abril de 2010

Un día de suerte para Salaberry.

SEGUNDA PARTE

Al lado de la oficina de Gomila existían otras dos que estaban cerradas. Una de ellas me la dieron a mí. El secretario me entregó la llave y me hizo aquel pedido extraño: “Entre y salga por ésta misma puerta que uso yo y no salude a nadie; ¿está claro?”

No me quedaban claros las razones pero obedecí. Ahora tenía un ingreso exclusivo por otra puerta. No debía pasar por el mostrador y saludar, algo que mis padres me habían enseñado a hacerlo, y a hacerlo bien.

Tenía un escritorio y una silla giratoria. Había algunos libros de derecho abandonados y llenos de polvo. Nadie golpeaba a mi puerta. Permanecí sentado sin hacer nada durante días. Dejar de pasear con mi carro me lastimó, le había tomado cariño. Recordé las lágrimas de los linyeras cuando morían sus caballos aunque aquí la ecuación era distinta: yo era el caballo y mi vida estaba dirigida por extraños.

Me acostumbré a leer por las mañanas, mientras mateaba, a Ernest Hemingway. Sus cuentos mantenían una llama viva en mí, como si pudiese vivir a través de sus aventuras. Su boxeo, sus carreras de caballos, sus corridas de toros y su pesca me hacían creer que otra vida era posible y cuando levantaba la vista de la página, determinado a soltarme de las garras de ese enemigo invisible que todos tenemos, volvía a escuchar a esa voz que me gritaba: “ ¿A donde vas Salaberry?”.

Un día como cualquier otro, el despacho de al lado fue ocupado. Nadie me presentó al nuevo empleado.

Un día volvieron a golpear a mi puerta. Sin entenderlo bien volví a sentir esa estima que viví cuando Su Señoría me saludó aquella mañana. Era Gomila. Creí que aquellos días de encierro podían haber cambiado al mundo pero me di cuenta que todo seguía igual, el secretario seguía teniendo esos ojos saltones y esa corbata antigua que parecía una cortina vieja sobre su pecho.

- ¡Que coincidencia! Usted no va a creerlo Justiniano, pero tenemos un nuevo meritorio... – dijo con una sonrisa sarcástica.

A su lado había un chico recién salido del colegio. Vestía un traje azul y una corbata roja refulgente. Estaba más acorde para un casamiento que para ser un pinche en un juzgado; todos los pinches principiantes caen en el mimo error. Tenía algo de acné en su cara y parecía muy tímido. Escondía sus manos detrás de su espalda. Me miró a los ojos tan sólo unos segundos y eso bastó para que bajase la mirada.

- Le presento a Salaberry... – dijo-

- Mucho gusto – dijimos al mismo tiempo y nos estrechamos las manos.

- Veo que no entendieron bien. Los dos son Salaberry. Justiniano le presento a Alberto. Alberto le presento a Justiniano.

Ambos nos dimos la mano de nuevo pero con mayor lentitud. Él sonrió con inocencia, festejando la casualidad. Yo dudé de que fuese casual.

- Alberto va a ocupar el despacho de al lado y va a hacer las tareas que usted hacía Justiniano. Alberto es un alumno destacado y tiene recomendaciones de varios abogados exitosos. Estamos orgullosos de tenerlo acá con nosotros.

- Bienvenido Alberto. Lo que necesites estoy a tus órdenes. – dije rimbombante.

Alberto Salaberry parecía un buen chico. Gomila salió con él de mi despacho y no me dijo nada más. Así me enteré de su existencia.


Llegar temprano al tribunal es una costumbre inmemorial. No todos lo hacen, Su Señoría nunca llega antes de las diez porque toma clases de tenis en el club Argentino. Cuando uno mete la cabeza en la secretaría todo se asemeja a un hormiguero, todos desconocen el mundo exterior y viven preocupados por sus pequeños quehaceres. Por las mañanas no hay tiempo de llamadas, ni de noticias ni de chismes. Uno se aliena.

Un tribunal es un gran puterio. Siempre hay chicas jóvenes que visten provocativas. Los dinosaurios casi extintos del tribunal tienen un comportamiento ambivalente: existen días que les hacen sentir lo tontas que son hasta hacerlas llorar y otros que caen bajo sus encantos y vuelven a sentirse jóvenes y viriles.

En la mesa de entradas, uno puede volverse loco ante los pedidos de los abogados. En su gran mayoría no saben un carajo. Muchos creen que al ponerse un bonito traje los conocimientos caen desde el cielo como el maná, pero la verdad es que pasarán décadas hasta que sepan bien de lo que están hablando.

Al otro lado del pasillo, en una puerta lejana, se ubica Su Señoría, que no es un Lord ni nada por el estilo, es un tipo común que nació en La Boca o en Avellaneda o en Palermo y no sabe mucho más derecho que cualquier otro abogado experimentado. Al llegar al poder suele ocurrir que ese tipo normal y soñador, se transformará en un tipo prepotente que pondrá una chapa judicial en su auto, se calzará unos anteojos negros y pondrá cara de sabelotodo. Pero el problema no es Su Señoría. El inconveniente es la turba de mosquitos que lo revolotea y cada dos palabras le dicen: ¡Si; Su Señoría! Nadie es rey si alguien no le pone la corona....

Y apartado de ese mundillo estaba mi oficina donde pasaba horas sumido en el mundo de la suposición, pensando qué estarían planeando mis jefes. Cuando nadie me pisoteaba, gritaba u ordenaba, comencé a sentirme atascado por fuerzas desconocidas, como si fuese una migaja de pan caído en un plato de caldo cremoso.

Sin esperarlo escuché un grito desde el otro lado del pasillo:

- ¡Salaberry! ¡Venga inmediatamente!

Me quedé helado. No sabía a quien se refería. Levanté mi culo del asiento y petrificado solté mi libro de la mano. Me encontré excitado por la posibilidad de que me diesen una tarea. Unos pasos rastreros se escucharon en dirección al despacho de Gomila. La oficina del secretario tenía dos puertas, una interna que daba al pasillo donde estábamos Alberto y yo, y otra que daba a una oficina más grande donde estaban todos los empleados, desde dónde se podía ver a Gomila hablando y gesticulando, pero nunca se veía a su interlocutor.

No hizo falta que me esforzase mucho porque se escuchó claro.

- Salaberry, agarre todas estas causas y remítalas al Juzgado 24. ¡Y apúrese por favor que no tenemos toda la mañana!

- Si Doctor, ya mismo.

Asomé mi cabeza por el despacho y vi como aquel chico tomaba torpemente las causas y las apilaba entres sus brazos haciendo equilibrio. Casi no podía vérsele su rostro porque la pila era muy alta. Nadie le ofreció el carro.

Seguí adelante con mi vida. Había escuchado que en varias empresas se acostumbraba a negarle tareas a los empleados como una forma de presionarlos y así lograr que renunciasen. Si bien estaba dispuesto a aguantar, mis pensamientos dieron un giro copernicano.

Yo era joven, y si trabaja gratis, era con el sólo objetivo de aprender, pero al no darme trabajo era doble mi angustia: no experience and no money. Ya no tenía mucho sentido seguir allí sentado. Mis lecturas me gratificaban mucho pero el tiempo pasaba y la sociedad me exigía logros.

Como un chico embobado que consume horas y horas de dibujos animados comencé a desvariar un poco sobre la realidad, el primer síntoma fue raro: por las noches, en la mesa familiar, cada vez que hablaba me invadía un acento neutro junto con adjetivos extraños. Sin duda todo provenía de Hemingway. ¡Bah, en realidad de su horrible traducción! Decía cosas como: “ Es una chica guapísima”; “Es un mozalbete de lo mas atrevido...”; “ Me importa un bledo el trabajo”; “Es una zorra ricachona...”; “Al demonio con ellos”. Fueron tantas las frases incoherentes que llegué a pronunciar, que mis padres se dieron cuenta que algo me sucedía. Esas palabras siempre me gustaban al leerlas y a veces las decía en broma, pero esta vez no sabía lo que decía; al menos eso me dijeron mis padres.

Un cierto día amanecí con fiebre y no dejé de decir incoherencias. Mi vida en el Juzgado de Instrucción N 10 de Capital Federal había terminado, era una decisión tomada. Su metodología de apriete había dado resultado; Su Señoría se había librado de mí.

                                                       …………………….

Traté de pensar en la lógica de su Señoría para hacer lo que hizo: “Si estas feliz, a pesar de que te damos órdenes groseras y sin sentido, el resto sabrá que ese es el secreto: tirar para adelante sin importar qué le pedimos. La mansedumbre y la alegría eran peligrosas para el sistema

Creí entenderlo así pero hasta hoy no estoy seguro.

Zenón Salaberry, mi padre, no tardó en conseguirme un nuevo trabajo.

- No te precocupes. Te conseguí una entrevista en “Filkenstein y Asociados”. Es un estudio gigante. Mañana a las doce tenés que presentarte con tu curriculum.

- Gracias Papá- dije con esfuerzo.

Estaba seguro que deseaba ser un mantenido por un tiempo. Tener una asignación por mes como tenían algunos de mis amigos; pero Zenón era partidario de la responsabilidad y el trabajo. Con aquel nombre: Zenón, y el mío: Justiniano, era natural que no tuviese ideas modernas y cancheras: nada de años sabáticos; nada de estudiar sin trabajar, en fin, nada divertido.

Me fui temprano hacia las oficinas en la zona de tribunales. Los cafés estaban atestados de abogados. Algunos permanecían allí sentados por horas, solos, sin nada que hacer más que jugar ese papel de juristas de cafetería. Otros llevaban carpetas en sus manos; otros portafolios negros bien lustrados. Los más viejos llevaban una corbata ancha por arriba de su barriga y usaban trajes marrones y beiges. Muchos caminaban por esa zona desde hacía décadas y conocían cada rincón de aquellas calles, cada puesto de panchos, cada kiosco, cada personaje: el lustrabotas de Tucumán y Uruguay; Oscar, el diarero; la kiosquera de la calle Uruguay que me saludaba indiscretamente: “¡Que haces flaquito!”.

El estudio quedaba en la calle Córdoba, frente al teatro Cervantes. Durante años vi a aquella mujer indigente que llevaba el pelo como Marge Simpson. Colgaba toda su ropa en uno de los costados del teatro que daba a la avenida y dormía cada noche sobre sus escaleras. Esa mañana volví a verla y sentí la familiaridad de las calles conocidas, de los rostros amigos.

No parecía haber mucha gente. Una secretaría tipeaba en su computadora. Parecía un estudio importante. Detrás de la puerta de vidrio iban y venían abogados con papeles en la mano. Me hicieron pasar a una sala y en unos minutos frente a mí estaba sentada una chica joven, veinticinco años, me dijo, cinco años más que yo.

- Justiniano Salaberry – dijo mientras miraba mi curriculum, como si a mi edad pudiese encontrar mucho en él.

- Empecemos Justiniano. ¿Que cree usted que le puede aportar a Filkestein y Asociados?

La pregunta era de lo más estúpida. Sabía que no podía aportarle nada. ¡Nadie a los veinte años puede aportarle algo a alguien! ¡A los veinte años somos unos completos estúpidos!

- ¡Qué pregunta! ¿Cómo es tu nombre?

- Pilar

- Mirá, Pilar. No vengo estudiado sobre cómo responder en las entrevistas laborales. Estoy estudiando derecho; quiero ser alguien en la vida y esta firma parece muy prestigiosa. Puedo aportar voluntad, nada más.

- ¿Y como te ves dentro de veinte años en Filkenstein y asociados? – dijo continuando con su repertorio sin reparar en mi respuesta.

- ¿Cómo me veo? No lo sé. ¿Jugando al golf? – dije con ironía.

Ella río pero no podía darse el lujo de perder la compostura.

- ¿En que campo te especializas?

- ¿Me ves bien? – volví a preguntar

- Si...

- ¡Tengo veinte años! ¡Entendelo! No sé nada. Sé algo de derecho penal, nada más. (no iba a decirle que sólo sabía dónde quedaban los juzgados y que había un Código )

- Mirá. Tenemos un puesto de procurador

- No pretendía otra cosa...

- Bueno, voy a pasar el resultado de la entrevista a los socios y tendrás noticias nuestras.

- Gracias

Ser procurador era ser un pinche, sólo que eran dos palabras de dos mundos diferentes, el público y el privado. A la semana entré a trabajar a Filkenstein y asociados.

Como no podía ser de otra manera, mi primera tarea consistió en volver al Juzgado. Me tomó por sorpresa creí que nunca volvería a ver a Gomila y a Su Señoría.

Caminé sin mirar dónde pisaba. Por momentos tuve buenos recuerdos, pero al pasar por delante del puesto de diarios y ver a Oscar supe que algo había cambiado. Aquellos comentarios simpáticos que nos decíamos habían desaparecido. Me miró como a un amigo lejano al que tratamos de esquivar con nuestra mirada para no saludar. Continuó acomodando diarios, como si mi ausencia hubiese dañado nuestra confianza. Entré al tribunal y el gris de las paredes volvió a entristecerme. Los trajes marrones y beiges, los colores opacos y la sensación de antigüedad volvieron a recordarme a aquel Salaberry arrumbado. Al entrar a la secretaría vi a dos chicos que trabajaban conmigo. Eran Martín y Ariel. Habíamos compartidos algunas horas en esa mesa de entradas. Pero no parecieron reconocerme:

- Hola; ¿que tal? – dije intentando un acercamiento

- Que tal. ¿Número de causa?

- 22.345 – dije intimidado por la indiferencia-

Apareció Guiraldes, quien me había ofrecido el trabajo con el carro. Lo miré a los ojos pero tampoco pareció reconocerme.

- Doctor. ¿Como le va? – dije con naturalidad

- Bien Doctor, gracias- y se metió dentro de la oficina.

Nadie me recordaba. Habían pasado pocos meses. Si hubiese sido más tiempo no hubiese dudado en la razonabilidad del olvido; pero era tan poco. Sabía que no dejaba huellas; no era unos de esos tipos graciosos que permanecían en el recuerdo de la gente; ¡Pero que no recordasen nada me afectó! Entonces, a lo lejos, detrás de la puerta que daba al despacho de Gomila escuché un grito autoritario:

- ¿Salaberry usted es o se hace? Vaya al Juzgado de vuelta y lleve todas estas causas que me trajo. Se equivocó de montículo; estas son de otro juzgado!

Se escuchó un portazo. Me encontré con Salaberry. Alberto Salaberry. Salió con el carro cargado de expedientes por la puerta que estaba a mi lado.

- Salaberry, comprame unos puchos en la esquina- le dijo Martín, uno de los oficiales que estaba en la mesa.

- ¡Si Doctor! Enseguida

Alberto tenía el aspecto de ser un pusilánime. Pasó a mi lado sin siquiera mirarme. Mi reacción fue inmediata. Lo seguí. Bajamos en el mismo ascensor y al salir a la calle Uruguay con su carrito a cuestas pasó por delante del diarero. Le hizo una pequeña reverencia y Oscar lo saludó de mala gana. Como su sombra, caminaba detrás de él. El diarero hizo un comentario por lo bajo a un comprador: “¡Este chico era tan simpático! ¡Parece otra persona!”

Tuve ganas de gritar: “Hola. ¡Soy yo! ¡Ese es otro Salaberry!” Oscar volvió a ignorarme con su mirada. Alberto caminaba desalineado. Luego pasó por la esquina donde el policía custodiaba vaya a saber qué. Lo saludó con énfasis pero Alberto le devolvió el saludo de mala gana. El policía negó con la cabeza dos veces, como si estuviese disconforme con la respuesta a su saludo. Cuando pasé a su lado el policía no me saludó. Me miró fijo a los ojos y bajó su mirada. Alberto chocó con su carrito a un abogado y el abogado lo insultó de mala forma. Alberto siguió su camino y entró al Juzgado. Yo apuré mi paso.

- ¡Salabeerry! ¡Volviste! ¡Te llevaste la pila equivocada! Así Salaberry no vas a hacer carrera en la justicia nunca! - dijo alguien

- ¡Disculpe Doctor!

- ¡No se disculpe! ¡Es un chiste! Antes era mas sociable usted. ¡Se ha convertido en un tipo apagado!

- ¿Que quiere? ¡Estoy harto de la justicia! Parezco un esclavo- dijo

- ¡ La verdadera vida está afuera, en los grandes estudios. ¡Ahí debería estar usted!

Alberto no prestó mucha atención y se marchó. Yo decidí no seguirlo, me quedé pensando.

Me costó entenderlo pero logré saber qué había pasado. Yo, el otro Salaberry, era confundido por aquel otro. Luego de meses escondido, y con un nuevo pinche llamado igual, la gente me olvidó y yo pasé a ser Alberto Salaberry. Los rostros se olvidan con sencillez. El policía y Oscar verían pasar a Alberto tapado de expedientes de tal forma que su rostro permanecía oculto. Al tiempo lo verían con el carrito, pero el recuerdo de mi rostro se había borrado de sus recuerdos. Sólo recordarían algo seguro: “ ¡Ese cargado de expedientes es Salaberry!”.

Mi existencia en el Juzgado 10 había sido removida, falseada. Siguieron escuchando mi nombre durante meses pero nadie notó que se referían a otra persona. Había sido borrado de la memoria colectiva de la zona de tribunales. Todos los que me habían conocido me habían olvidado.

Habían logrado su cometido: nadie querría entrar a la justicia conociendo a Alberto Salaberry; y los que habían conocido a Justiniano Salaberry ahora cambiarían de opinión al ver a esa especie de doble.

Dejé de pensar en aquella etapa de mi vida. En Filkenstein & Asociados estoy haciendo carrera. El año que viene me gradúo y tengo una novia de lo más linda. La juventud que siempre es elogiada resultó una mierda para mí. Pero el tiempo reacomodó todo. Sin quererlo, Alberto Salaberry me ayudó mucho. En aquellos días que convivimos hubo una transmutación y yo pasé a tener buenas notas y dejé de ser un pinche. Ahora soy alguien.

No sé si yo tomé su destino o él el mío. Lo que si sé es que nunca más olvidé a Alberto Salaberry.

lunes, 12 de abril de 2010

Un día de suerte para Salaberry

PRIMERA PARTE


Cuando salí del colegio creí librarme de esa tensión que me invadía al descubrir mi poca importancia en el mundo. Un tal Sócrates ya había dicho: “Solo sé que no sé nada”. Yo hubiese remodelado la frase: “Solo sé que no soy nada”.

Y entiendo que Sócrates haya pensado de esa manera; él no debía estar preocupado por ser alguien; su ser estaba condicionado a la existencia. Hoy todo es diferente, con existir no alcanza; hay que poseer y eso determina quienes somos en realidad.

Cuando entré a trabajar a los tribunales de justicia de la capital federal todos me llamaban a mis espaldas “El pinche”. Así era el sobrenombre de los impúberes granulientos, peinados con gomina y de rostro asustado. No recibíamos dinero, ni teníamos obra social; menos aún derechos. Descubrí que la tiranía de los profesores y de los padres era infantil al lado de la que ejercían mis jefes.

Yo no era granuliento ni me peinaba con gomina. Tenía las patas flacas como un tero y la espalda angosta y frágil como un sauce. Mi cara tenía esa confusión de rasgos que aún no se animan a asentarse.

El secretario Gomila era un tipo temeroso. Siempre estaba tapado de expedientes en su despacho. Adoraba darme órdenes: “Salaberry vaya a comprarme los remedios a la obra social...”; “Salaberrry vaya a la casa de su Señoría que se olvidó sus anteojos”, “¡Salaberry cosa expedientes!”; “¿Salaberry, donde está ese archivo?”; “¡Salaberry vaya al sótano!” De haber hecho la colimba hubiesen dicho: ¡Salaberry cuerpo a tierra!. En la universidad me decían: “ Está en la facultad Salaberry, deje de hablar!”.

La libertad es una utopía, siempre tenemos un pie pisándonos la cabeza. Cuando creo que estoy solo y asomo mi cabeza del pozo en que tratan de hundirme los demás, siempre sale alguien, cualquiera, para decirme: “ ¿A donde va Salaberry?

Mi nombre es Justiniano Salaberry. Soy un pinche. En la universidad nadie recuerda mi nombre, salvo algún profesor que me explica que tengo la obligación de honrar con mis estudios a aquel gran jurista llamado Justiniano. “Si sigue así usted va lograr disociar el nombre Justiniano con el de un jurista”, me dijeron un día.

Cuando ingresé a tribunales me puse un traje impecable. Quería deshacerme de las viejas prendas y pasearme con mi apariencia abogadil. El doctor Gomila fue tajante: “Pibe, dejá tus trajes en el armario y saca el overol, acá sos un obrero”. Al día siguiente comencé a visitar el archivo del juzgado. Era un sótano asqueroso, inundado, con olor a humedad y algunas ratas merodeando. Empecé a coser expedientes.

Aquella mañana había llegado con el tiempo justo. Me metí en el baño con urgencia y me senté en el inodoro. La tabla no soportó mi peso y se partió. No es que sea gordo, era una tabla de mierda, vieja y resquebrajada como la justicia. Maldije unos instantes, y al no creer que era algo grave, salí del baño con la tabla en mi mano en dirección al despacho de Gomila: “Disculpe doctor, quería avisarle que se me rompió la tabla. ¿Ve?- le mostré: “¡Debo andar con algo de sobrepeso!”- dije entre risas.

- ¿Rompió la tabla? – y abrió sus ojos de sapo- Esto es inconcebible. ¡El pinche rompe la tabla del inodoro! Ahora la gente que quiera hacer sus necesidades va a apoyar su culo en ese inodoro sucio; y encima: ¡Se le va a helar el orto porque Salaberry rompió la tabla! – dijo a los gritos

No me dejó decir nada. Por desgracia me ofrecí a traerle una tabla nueva a pesar que no era mi obligación. ¡Todo se rompe tarde o temprano! Cuando el día siguiente todos me vieron entrar con la tabla bajo mi brazo rieron a carcajadas.

- ¡Salaberry! ¿Qué hace con esa tabla? – me preguntó Gomila.

- Le dije que yo me hacía cargo y usted estuvo de acuerdo...- dije confundido.

- ¡Por Dios Justiniano! Lo estaba cargando... – me dijo Gomila

Yo sabía que no era así. Era un psicópata; pero era mi jefe. Esa mañana pensé en renunciar pero no lo hice. Debía demostrar que podía hacer aquel trabajo. La carrera judicial era una buena oportunidad para un joven de clase media como yo.

Pero las oportunidades aparecieron. El prosecretario Guiraldes, que debió haber notado una pizca de ingenio en mi mirada, me ofreció un nuevo trabajo: “Usted Salaberry todas las mañanas se va a encargar de llevar las causas que remitimos a otros juzgados. Los va a llevar en ese carrito...” – dijo al señalar un trasto viejo con ruedas arrumbado en un rincón.

No parecía algo de gran importancia pero eso me posibilitaba ver el sol por las mañanas y huir por unas horas del encierro del sótano, los gritos de Gomila y esas caras recias y soberbias de los abogados pidiendo sus causas en el mostrador.

Siempre fui una persona educada. Es algo que mis padres me enseñaron de niño. Por eso, cuando empecé a recorrer las calles con mi carro, conocí a mas gente que en toda mi vida: al policía que custodiaba la entrada del juzgado, a otros pinches de otras secretarias, al tipo que tenía el puesto de diarios en la entrada; a muchos que deambulaban por los edificios de tribunales relojeando minas por los pasillos y muchos más. No sé por qué pero adquirí algo de notoriedad como si formase parte de un engranaje de la sociedad donde todos tenían una función.

Una mañana que entraba por la calle Lavalle al juzgado, el diarero me saludó. Hablábamos mucho de fútbol y nos cargábamos con ironía cuando nuestros equipos perdían, era de lo único que podía hablar con él, como con el policía de la esquina. En cambio, con los otros pinches hablaba de la facultad y de las materias que debíamos dar aún. Con cada uno tenía un tema de conversación. A lo que iba era que, esa mañana, entraba Su Señoría delante de mí caminando de frente hacía la puerta del juzgado. Oscar, el diarero, me saludó a los gritos, y cuando vio a mi jefe, no dudó en darme una mano, como si el piropo de un diarero ayudase a un abogado: “ ¡Que empleado tiene Dotorrr! ¡De lo más inteligente que he visto en Tribunales en los últimos años!”. Su señoría me miró de arriba abajo. Descubrí en su mirada que no tenía idea de quien era en realidad. Sonrío a Oscar y me saludó por primera vez en meses. Nunca me había sentido tan estimado.

Esa mañana de invierno fue igual a todas. El frío se colaba por las ventanas rotas del edificio y no había estufa que lo pudiese combatir. Yo estaba por salir con mi carrito; que me asemejaba más a un cartonero que a un abogado, y sin imaginarlo me llamó Gomila: “Lo mandó a llamar Su señoría”. Me miró con desprecio, como si mantener contacto con su superior fuese a carcomer su débil autoridad. Salí de la secretaría y vi que un tipo de ordenanzas estaba colocando mi tabla en el inodoro. Me sentí estafado. Antes de entrar a ver a Su señoría me juré no dejar las cosas así. Gomila me había dicho que era una cargada, por lo tanto: ¡Esa tabla era mía!

Cuando ingresé a su despacho me recibió como si fuese importante. Estaba con un traje príncipe de gales y corbata y pañuelo haciendo juego. Era petiso; ¡En tribunales hay muchos petisos! Parece existir una relación oculta entre la estatura y la capacidad para ser prepotente. Me señaló con la mano abierta la butaca que recibía a los ilustres visitantes:

- Siéntese por favor. ¿Quiere un café?

- No Su Señoría, gracias.

Él se río. Me miró con ternura, como si fuese su hijo.

- No me llamé así por favor. Estamos en confianza...

- (...) – no supe que responder porque si decía que lo estábamos podía dar una mala impresión.

- Lo llamo porque esta mañana noté que tiene muchas amistades en el edificio. El diarero, el policía de la esquina; y el otro día lo han alabado mucho en otro juzgado por su buena disposición al trabajo. Es llamativo...

Yo no entendía a donde se dirigía con ese comentario. Por eso lo dejé continuar. Estaba algo turbado por la tabla del inodoro: “¡Es mía! ¡Voy a arrancarla y llevármela bajo el brazo hoy mismo!”, me repetía mientras me hablaba Su Señoría.

- Es llamativo que esté siempre bien predispuesto para coser expedientes, para traer mis anteojos, los remedios de Gomila. ¿Nunca hay nada que lo moleste?

- No entiendo bien su preocupación Su señoría. – dije

- Salaberry. ¿Ese es su nombre, no?

- Si. En realidad es mi apellido.

- Usted hace todo con humildad y nunca cuestiona nada. ¡Esto es Argentina Salaberry!- dijo levantando su tono - ¡Hay que cuestionar! ¡Hay que enojarse! ¡Hay que poner cara de culo! ¡Si usted está siempre contento con las tareas que le damos el sistema no funciona! ¿Entiende? – me dijo apoyando su codo en el escritorio.

- No entiendo...- dije confundido. Su tono de voz comenzaba a molestarme

- No entiende... No entiende - repitió burlonamente -. Esto es como el servicio militar, si abusamos de los pinches es para que lo noten todos. Deben enterarse de nuestra tiranía. Tienen que entender lo inevitable que es nuestra autoridad. Por mas estúpida que sea la orden usted debe resongar, debe maldecir.

- ¿Por qué?

- Porque si hace todo con ganas – dijo poniéndose de pie y elvantando el tono de vuelta- los demás lo notarán y recapacitarán sobre sus comportamientos y pensarán: ”¡A Salaberry le piden esto; le gritan; lo maltratan y siempre con una sonrisa! Y al poco tiempo todos creerán que estar sonrientes es una alternativa. ¡Y eso es contagioso Salaberry! Miles de tontos como usted querrán tener futuro judicial y estarán dispuestos a aguantar malos tratos con una sonrisa estúpida en su rostro. – luego se sentó y bajó su tono- En cambio, si usted tiene una mala percepcion de este sistema y contagia esa idea al resto, serán menos los que se acerquen a él, y así, nuestros hijos tendrán sus lugares asegurados.

Por un momento creí entender su lógica. Pero entre la tabla y su tono de voz que no me gustaba nada me había perdido.

- Si Gomila le exige comprar la tabla del inodoro y usted es tan pelotudo que va y la compra me pregunto yo: ¿Es un pelotudo o me toma por pelotudo a mi? Y cuando veo que el diarero lo saluda y lo venera de tal manera como nadie me ha venerado a mi en años, pienso: “¡Este tipo no es tan pelotudo!” Por eso, hagámosla corta: ¿Quien es usted...- dijo mientras repasaba mi nombre en una hoja- Justiniano Salaberry?

- Creo que no lo entiendo bien Su Señoría

- Ahí está. Se hace el boludo, por eso me llama Su señoría...

- No señor.. permítame...

- No hablemos más. Usted es muy peligroso para el sistema... ¿Ha hablado con alguien sobre este tema?

- Con nadie señor. – dije pensando que a nadie le interesaba una tabla y un diarero.

- Muy bien. Si quiere seguir con nosotros permanezca en silencio. Pronto tendrá un ascenso y dejará de ser pinche. ¿Esta contento?

- No del todo.

- ¿Cómo dice?

- Que hay algo que no tolero y es la mentira... –dije con seriedad

- ¿A que se refiere Salaberry? Tenga cuidado con la carta que juega...

- Mire... ¡Me han mentido! Gomila me dijo que lo de la tabla era una cargada. Pero vi recién que la están colocando. Detesto que me tomen el pelo

- No entiendo

- ¿No entiende? ¡Mejor que me devuelvan esa tabla urgente! – dije algo enojado y frunciendo mi rostro. Estaba harto de que me tomasen por estúpido.

- Salaberry no siga. Un poco de estrategia está bien, pero por más que conozca algunos secretos hay un camino que recorrer. No quiera subir tan rápido. Ahora se hace el que está enojado por la tabla. Ya sé que es una mentira; es parte de su nueva estrategia. ¡No siga!-

Esa misma mañana me fui con la tabla bajo el brazo. A partir de ese día Su Señoría comenzó a saludarme y a preguntarme por mis estudios. Gomila siguió dándome órdenes de lo más estúpidas, pero luego me llegó un ascenso que sorprendió a más de uno. Yo no sé bien qué me quiso decir Su Señoría, a veces parece que existen cosas ocultas, secretos. No las conozco bien, por eso soy un pinche, pero pinche y todo, la tabla me la llevé a casa esa misma mañana.

Continuará.....

viernes, 5 de marzo de 2010

CLEMENTINA

El día que nevó en Buenos Aires el transporte escolar llevaba de regreso a las chicas del colegio Santa Cruz. Era un día tan frío que las ventanillas se escarchaban y las boquitas de las alumnas jugueteaban resoplando su aliento, que por momentos, parecía cristalizarse en el aire.

Algunas chicas subían al micro en un estado de sonambulés y continuaban durmiendo en su asiento. Felicitas y Clementina tenían el mismo gorro de lana con pompón rosa y sus medias de lana de igual color.

Mientras viajaban esa mañana, un misterioso soplo heló las gotas de agua que caían desde el cielo. Hacía cien años que no nevaba en Buenos Aires.

Felicitas era la mejor alumna de su clase. Era una chica muy atenta y despierta. Tenía el rostro repleto de pecas del tamaño de un maní y sus ojos negros achinados. Su pelo lacio brillaba tanto que a veces parecía tener un aura angelical. Su sonrisa estaba siempre alistada para seducir al resto de las compañeras. En cambio, Clementina no era ni tan despierta, ni seductora y menos aún linda. Su afán por conservar la atención de Feli la hacía sonreír sin saber muchas veces el motivo:

- ¿Clement? ¿Está nevando o estoy loca? – dijo Feli eufórica con su nariz pegada a la ventana
- ¡Seguro que estás loca! –dijo Clement dormitando -
- ¡Mirá, por favor! ¡Está nevando! – confirmó en un tono agudo que terminó de quitarle el sueño al resto de las viajeras.

Clementina se puso de pie y apoyó las palmas de su mano contra el vidrio dejando sus huellas impresas. Comprobó que pequeños copos de nieve, como una lluvia de pochoclos, caían desde el cielo. Pronto, todas las ventanillas del transporte se vieron empañadas por una veintena de niñas, que curiosas, pegaron su nariz a la ventanilla. Oscar, el chofer, trataba de no perder de vista el camino, que poco a poco, desaparecía bajo un manto blanco. En un interminable griterío, los tonos de voz alcanzaron sus tonos más estridentes. Unas querían detener el micro y armar algún muñeco de nieve, algunas otras querían sacar los esquíes de sus casas e ir a bajar alguna pequeña pendiente; pero Clementina las hizo volver a la realidad:

- No hay montañas en la zona – dijo con certeza como si fuese una experta campeona
- Pero si esta noche nieva mucho tal vez mañana podríamos esquiar desde alguna barranca. En San Isidro hay muchas barrancas – dijo Feli
- Sería divertido, pero no sé esquiar muy bien…
- ¡Yo te podría enseñar!- dijo con seguridad
- ¡Gracias Feli! – contesto emocionada Clement y sintió la felicidad que brinda la seguridad de la amistad.

Clement necesitaba a Feli para sentirse segura. Entonces, Felicitas sacó un chocolate de su bolsillo y comenzó a saborearlo delante de su amiga.

- ¿No me das un poco Feli? – dijo Clement con inocencia creyendo que la amistad permite todo.
- No; me queda muy poquito...
- Un pedacito nomàs- creyo poder convencerla
- ¡No tengo más Clement!- dijo mientras se metía el último pedazo en su boca.

 Como una montaña rusa, Clementina se desbarrancó hacía el vacío letal que provoca el rechazo de una amiga. Trató de no llorar pero por dentro sentía desgarrarse su corazón. Se le representó una imagen en donde ella tomaba de los pelos a Feli y la golpeaba, pero abrió los ojos para evitar seguir con esos pensamientos asesinos. Estaba cansada de que fuese ella la mejor alumna; la que descubriese el primer copo de nieve caer del cielo; quien comiese el chocolate sin darle un bocado; y sobre todo, que luego se pasease con su rostro repleto de pecas simpáticas recogiendo halagos de padres y amigas.

Clementina hacía cinco años que vivía a la sombra de Felicitas; al menos así lo sentía. No recordaba bien como había sido en los primeros grados, la memoria inexperta es indiferente hacia los primeros años de vida, pero recordaba que en cuarto grado había empezado a sentir ese continuo ataque invisible de Felicitas hacia ella. Su lentitud para sobresalir era tal que antes de comprobar que era nieve, pensó en pochoclos y aún antes de creerle a Feli, creyó que desde el cielo algún lavarropas desbordado escupía jabón en polvo. Clementina no lo soportaba. A veces creía que ella descubría al mundo a través de su amiga. En una mezcla de enojo e independencia decidió enfrentarla:

- ¿Porque siempre sos tan mala conmigo? – dijo con una firmeza extraña a la pubertad más temprana
 - ¿Perdón? – le contestó Feli, que no estaba acostumbrada a ser cuestionada.
- Siempre me respondes que no a todo. Por ejemplo, el otro día, te pedí la tarea y me dijiste que no; el año pasado cuando nos encontramos en Chapelco, y nuestras familias tomaban el té juntas, te pedí tus anteojos de sol y me dijiste que no porque te los iba a agrandar; y las otras tardes te pedí tu palo de hockey, que sé que no usas, y me contestaste que se lo ibas a regalar a tu hermana: ¡Pero es mentira porque ella tiene uno nuevo!
La indignación de Felicitas estaba representada por su boca abierta de par en par, como si fuesen a sacarle una muela:

- ¡Sory! ¡No sabía que me tenías tanta envidia! Parece que estás muy pendiente de mí –
- No te tengo envidia, quiero saber porque sos tan mala conmigo. Somos mejores amigas desde chicas, ¿o no?
- ¿Mejores amigas? ¿Quién dijo eso?
- Nos sentamos juntas hace cinco años – contestó como quien da una respuesta irrefutable
- Siempre me diste lástima; por eso nos sentamos juntas… nada más.
- (…) – los ojos de Clementina se humedecieron. Indefensa ante la crueldad….bajó la mirada
- En la vida no vas a poder pedirme todo; estar detrás de mí todo el día. ¡Me tenés cansada, nena! – dijo dándole la espalda.

Clement no era tan linda como Feli. Sus padres le habían dicho que sí lo era y que dentro de unos años lo iba a ver con sus propios ojos. Pero la vista no se proyecta en el tiempo, tan sólo unos metros, y la desazón de la infancia nunca entiende de las revanchas del tiempo. Tenía unos aparatos para enderezar sus dientes que brillaban ante cualquier haz de luz perdido por el aire. En los “sports”, como llamaban a los deportes en San Isidro, no era una dotada, y el palo de hockey se le enredaba entre sus largas piernas que de lejos parecían dos zancos. Sin dudarlo, ella prefería hacer danzas, pero sabía que no le traerían popularidad. Y por querer ser popular y tener la cantidad de amigas que tenía Feli, decidió jugar al hockey. Su cuerpo endeble y larguilucho era descubierto desde la distancia, como el mástil desnudo de una carabela que se vislumbra en el horizonte del océano.
En los jardines la gente se sacaba fotos y armaba muñecos de nieve colocando una zanahoria en el lugar de la nariz. Cuando el transporte llegó al barrio privado donde vivían Feli y Clement, ambas se separaron. Feli bajó en la casa que daba al lago, la más grande y lujosa del barrio. Clement bajó dos cuadras antes en una acogedora casa custodiada por un perro San Bernardo, al que la familia intentaba despertar creyendo que él debería ser el más feliz por la nieve, sin embargo parecía poco interesado. Todos fueron a buscar a Clement para compartir la emoción de la nieve pero ella estaba abatida anímicamente. Se desplomó en su cama y lloró con una amargura tan honda que mojó las sabanas floreadas. Si le hubiesen preguntado en ese momento cual había sido la peor experiencia de su vida no hubiese dudado en contestar. Y así se durmió.

A la mañana siguiente no quedaban rastros de la nieve. Y como si hubiese sido un sueño dudoso, ambas amigas parecían no haber vivido nada importante. Al llegar no se saludaron. Sus miradas estaban clavadas en el pizarrón. Trataron de no mirarse en toda la hora pero les fue imposible, les habían dado una tarea y debían hacerla juntas:

- ¿Sabes algo? Estuve pensando; tal vez fui algo mala contigo. Ayer hablé con mamá y me dijo que debía entenderte, que tus padres no se llevaba tan bien como ellos y que eso te debía dar mucha bronca… - dijo Feli sin mirar a su compañera
- ¿Eso dijo? Mis papás se llevan bien… - dijo confundida y atrapada de nuevo.
- No. Mamá dice que tu papá tiene problemas en el trabajo y que no pueden darte tantas cosas como a mí; por eso me pidió que te preste mis cosas. Así que te traje un chocolate…-

 Clement tomó el chocolate y lo dejó sobre la mesa. No podía creer lo que escuchaba. Ella sabía que los padres de Feli se eran infieles; pero no sabía demasiado bien qué significaba ello y como Feli era su amiga nunca le dijo nada. En ese momento, sintió unas ganas irrefrenables de decirle todo pero no se animó. Una vez más no se animaba a ser mala con quien no tenía inconvenientes en serlo con ella. Tomó el chocolate, lo comió y le agradeció a su amiga. Supo en ese acto que ellas nunca podrían ser verdaderas amigas. Y desde el momento que lo supo, como esas ramas que pierden sus frutos, su alma se sintió aliviada. La clase terminó y ambas se fueron en su escolar a sus casas, siempre sentadas en los mismos asientos.

- ¿Querés venir a tomar el té a casa? – dijo Feli
- No puedo Feli; debo ir a mi casa porque hoy tengo clases de danzas.
- ¿Danzas? Que aburrido. Deberías intentar jugar hockey con nosotras.
- Lo intenté pero no soy buena para ello, por eso decidí empezar hoy con mis clases de baile
- Como quieras…- contestó Feli – ¡Pero podrías venir a verme jugar como haces siempre!
- Me cansé de mirarte. Creo que aprovecharé mi tiempo en el baile. La profesora dijo que soy buena
- Whatever… -dijo displicente

El transporte llegó al barrio donde vivían. A Clement la recibió su madre, quién llegaba temprano a su casa para ocuparse de sus tres hijos. La mamá era una mujer joven de cuarenta años. Estaba algo ancha de caderas luego de los partos de sus chicos, pero su rostro era tan fresco y agradable que nadie se fijaba en ello. Llevaba anteojos y vestía de manera informal, como esas madres que se resignan a perder lo que han perdido, la juventud, las curvas y la frescura de la piel.

- ¡Hola hija! ¿Como te fue?
- Bien. Tengo que preguntarte algo…
- ¡Uuu! – dijo la madre como preparándose a lo venidero-
- ¿Papá y vos se llevan bien? –
- ¡Si! ¿Porque preguntas eso? – dijo extrañada
- Porque Feli me dijo que su mamá le dijo que ustedes no se llevaban bien porque papá tenía problemas laborales. - la madre se quedó helada pero se rió comprendiendo que eran cosas de chicos

- No creas nada de lo que te digan. Nosotros vamos a estar siempre unidos. - dijo con énfasis

- ¿Y por qué dijo eso entonces?
- No lo sé. Eso deberías hablarlo con tu amiga. No puedo saberlo yo; pero sí te aseguro que son mentiras. A veces, las chicas quieren ser malas y dicen cualquier barbaridad. Vos no debes decir ninguna barbaridad, nunca.
- Pero Feli siempre hace y dice lo que quiere. Yo siempre debo cuidarme de no herirla, de no ser mala. Y ella tiene libertad para todo
- Así es la vida hija. Tu libertad usala para decir cosas lindas, que Feli haga lo que quiera.-

 Subió las escaleras meditando sobre todo lo que había escuchado ese día. Creía que su madre decía la verdad. Durmió como un ángel y los días que siguieron no volvió a hablar con Feli. La danza fue cada vez mejor y a fin de año la llevaron a probarse al teatro colón. En un recreo del colegio se pidió un aplauso para Clementina por haber quedado seleccionada. Todos aplaudieron y Feli agachó su cabeza sin sacar las manos de su bolsillo. Se sentía desplazada, le hubiese gustado ser amiga de Clement en ese momento pero no pudo superar sus celos y compartir el logro de su compañera. Fueron apareciendo algunas amigas que la fama estudiantil acrecienta y eso le quitó poder a Feli.

Al año siguiente, en el primer día de clases, Clement miró a su alrededor y no pudo ver a Feli. No tardó en preguntar por ella a otra amiga:

- ¿Feli? Pobre. Sus padres se separaron y la cambiaron de colegio.

Clement se sintió muy apenada. Nunca más volvió a ver a Feli ni supo de ella. Recordó ese día de nieve por mucho tiempo. Todos los inviernos esperó que volviese a repetirse, siempre miraba el cielo y cerraba los ojos esperando mojarse la cara con un copo de nieve. No volvió a sentirse tan asombrada por mucho tiempo y cada año que pasaba más recordaba la nieve y menos a Felicitas.

ILUSTRADO POR: NADIA VITOLA.
http://nadiavitola.blogspot.com/

miércoles, 10 de febrero de 2010

La crueldad de la inocencia

El calor en Buenos Aires era sofocante, y moverse dentro de ella auguraba adentrarse en un mundo sudorífero y maloliente. Bajo el aire acondicionado de aquella sala nadie parecía pasar un mal momento, como si fuese una balsa en medio de un naufragio, los viejos y perdidos pacientes parecían desesperados por conseguir un turno tan sólo para evitar el calor. Sentada frente a una mujer de sesenta años repleta de alhajas, muy elegante, había un muchacho de dieciséis años. Se mostraba serio, y por momentos, levantaba las cejas como si sus pensamientos lo empujasen a expresar con su rostro lo que no hacía con palabras. Repentinamente, se puso de pie y sin mediar aviso bajó el aire a su capacidad media. La mujer lo miró fijo, con un rostro rígido y contrariado.


- Disculpá… ¿No te molestaría dejar el aire donde estaba? Tengo mucho calor…- dijo la mujer

- Es que tengo tos señora y el frío me está matando. – le contestó en un tono amable el joven

- Te entiendo; pero, ¿Sabes que pasa tesoro? La tos se cura con algún remedio y nosotras tenemos calor y para eso sólo tenemos el aire acondicionado

- ¿Usted me va a comprar el remedio si me enfermo por culpa del aire? – dijo levantando el tono pero seguro- Porque en ese caso, déjelo donde usted quiera, pero me pasa su teléfono y si me enfermo le aviso…

La mujer no supo que responder, creyó que se trataba de uno de esos jóvenes alocados que gustan de molestar a las personas mayores y para sacarse el problema de encima accedió a la propuesta.

- Está bien. No tengo ningún problema. Ahora: ¿Podés subir el aire?

- Como no… pero primero déme su teléfono – insistió sacando una libreta del bolsillo de su camisa escocesa que no combinaba para nada con su traje de baño de color violeta.

- ¡Pero que atrevido! - reaccionó indignada mientras lanzaba una mirada furiosa al joven.

- Pero si habíamos quedado en eso señora…

- Nunca dije que iba a darle el teléfono, dije que le compraría el remedio pero no que le daría mi número…

- Pero… ¿Yo estoy loco? Acaba de hacerlo. Me dijo que me daría el número

- De ninguna manera jovencito…

- Entonces déme su nombre y lo busco por la guía telefónica

- Tampoco. Soy una mujer casada… -aclaró casi con una postura de sex symbol

- ¿Y? No la quiero invitar a salir señora…es muya grande para mi.

- ¡Pero que maleducado! ¡Donde se ha visto! Que me hable así un mocoso… - repetía indignada

Hubo un silencio. La secretaria se mordía el labio inferior. Alfonso era su hermano menor. Ella sabía que no tenía nada de malo en su boca, sólo sacaba turno para poder ver a la doctora Mariana Vasconcellos. La dentista era una mujer muy atractiva. Alfonso estaba desesperado por ella. Para él, solo posar sus ojos sobre ella era como acceder al mundo de la pornografía sin esconderse en el anonimato, y mejor aún, sin pagar. Cada vez que se presentaba decía lo mismo “vengo por un control de rutina”. Su hermana, Julia Lampiña, sabía de la mentira, pero apreciaba tanto a su hermano que prefería no delatarlo.

Alfonso se puso de pie y puso el aire acondicionado al máximo. A pesar de haber ganado la batalla la mujer bufó con indignación y se puso a hojear una revista de chismes baratos. Una nueva pareja entró al consultorio. Deberían tener unos veinte años. Ella llevaba una remera negra y una bincha de color rosa atada a su cabeza al estilo Axl Rose. El tenía un arete en su oreja izquierda y tenía una remera de color rosa y las uñas pintadas. Se besaban como si estuviesen en una plaza pública y hasta veces podía verse sus lenguas moverse obscenamente. Alfonso tosió una vez; luego tosió más fuerte. No era muy disimulado y se podía advertir que lo ponía muy incomodo la situación. El muchacho del arete advirtiendo la situación reaccionó:

- ¿Te pasa algo…? – dijo sin vueltas.

- No, simplemente que esta señora desea el aire acondicionado al máximo; y ahora, me agarró tos. –dijo Alfonso y la señora posó sus ojos por arriba de una página que mostraba el quinto casamiento de Julio Iglesias y la décima cirugía de Cher.

- Ok… Pensé que tosías por otro tema

- ¿Que otro tema?

- No sé; esperaba que vos me lo digas…

- Mirá; es sencillo, o se tose porque se tiene tos o catarro o porque se quiere llamar la atención…

La pareja se quedó en silencio y Alfonso continuó con su exposición.

- ¿En este caso qué me podría molestar? –interrogo a la pareja

- No lo sé…

- Perdoname. ¿Cual es tu nombre? Sería bueno saber con quien hablo… -

- Adrián. ¿Y el tuyo?

- Benjamin –respondió con su nombre falso que sólo usaba para decir mentiras y tanto lo utilizaba que a veces se confundía y no sabía cual era el verdadero - Como te decía; uno tose porque algo puede molestarlo. ¿Vos crees que algo pudo molestarme?

- No sé. Creo que tosías porque estábamos con mi novia dándonos unos besos

- Es una buena suposición- dijo llevándose su dedo índice al mentón-

- ¿Vos me estas tomando el pelo? – dijo enfurecido Adrián.

- ¡No! No te pongas así. Mejor dejemos esta charla para otro momento

- Mejor.

La mujer se relamió ante la marcha atrás de aquel joven. Alfonso se dio cuenta y volvió su carga contra ella

- Señora. ¿Va a darme su número o qué?

- ¡Estás loco querido! ¡Antes me tiro de la punta del obelisco!



Todos rieron un poco. No era la primera vez que Alfonso Lampiña hacia el ridículo. Aunque él nunca se daba cuenta de ello, es más, el creía que eran pequeñas luchas que debía afrontar cada día para lograr un mundo mejor. Su sentido de la ubicación era muy subjetivo. Por eso, siempre volvía con algún ojo compota del colegio, aunque nadie se llevaba una pelea con Alfonso sin algún recuerdo: el escupitajo o alguna patada traicionera en un testículo eran sus defensas preferidas.

La puerta del consultorio se abrió. La doctora Vasconcellos pronuncio su nombre delicadamente, como con todos sus pacientes, pero Alfonso creía que su dulce entonación era sólo para con él. Había sentido lo mismo hacía tres meses al verla por primera vez, cuando debieron colocarle una paleta nueva luego de una pelea en la calle con un taxista, que enloqueció tratando de explicarle que no tenía una factura de pago para darle. La pelea fue muy desigual, tanto que sólo duró un golpe, el que llevó a Alfonso a conocer a su dentista.

La Doctora Vasconcellos saludó con un beso a Alfonso y él se ruborizó como un impúber.

- Alfonso veo que sos muy cuidadoso con tus dientes. Me parece muy bien. Vamos a ver cómo está todo…

Mientras ella se dio vuelta en busca de sus elementos de tortura, él pudo ver que debajo de su delantal había una remera transparente que dejaba ver el sostén negro. Eso le provocó al instante una erección. Llevaba un traje de baño sin suspensores y pudo ver como levemente éste comenzó inflarse cerca de su bajo vientre. Desesperado, pensó en las cosas más feas del mundo para salir de esa situación: en su maestra de historia con peineta en su cabello; en el pekinés que tenían sus vecinos; en el rostro de Tito, el almacenero repleto de acné y en una tortuga teniendo sexo con otra. Pero fue inútil.

La dentista se sentó a su lado. No pareció notar nada raro. Alfonso nunca emitía sonidos cuando estaba con ella y ese día no era la excepción. Él, por vez primera, tratando de no mirarla a los ojos por la vergüenza que sentía, miró hacia su costado. De repente, sintió un golpe en el pecho, provocando que su problema de hinchazón se solucione en el momento, había una foto de Mariana abrazada con un muchacho grande y musculoso. Al notar la dirección de su mirada ella le preguntó:

- ¿Te gusta la foto? –

- (…)- el contestó con un sonido gutural, porque tenía una pinza y una mano dentro de su boca

- Es mi marido. Nos casamos hace cinco meses. Ahí estamos en nuestra la luna de miel en Cancún.

- (…) – hizo el mismo sonido que ahora podía significar si, no o vete a la mierda-

Pasaron unos minutos y ella se sacó sus guantes.

- Bueno Alfonso, estás perfecto. Deja pasar un tiempo antes de regresar; por ahí un próximo control dentro de tres o cuatro meses estaría bien.

El cabeceó afirmativamente y dejó el consultorio sin el beso de despedida que siempre ofrecía; esta vez le dio la mano. La doctora se sorprendió de tanta rectitud.

Alfonso dejo el consultorio y se fue sin saludar a su hermana, ni a Adrián ni a la señora del aire acondicionado. Caminó por la calle con la cabeza gacha, apesumbrado, pensando en los meses que había dedicado sus pensamientos en la Doctora Vasconcellos sin saber que ella era una mujer casada. Se sintió un tonto. Lloró. Trató de bajar aún más su mirada al pasar por la puerta de un colegio de mujeres y así perdió el rumbo de su caminata y de su vida. La Doctora Vasconcellos era la única mujer que le interesaba, había pensando en casarse con ella; hacerle el amor y escribirle un poema.

Cuando cruzaba la avenida Santa Fe a las corridas, bajo la lluvia, un auto frenó. Se escuchó el chirrido de las gomas y luego una patinada. Alfonso voló por los aires. Cuando cayó al suelo con la cabeza se escuchó un ruido espantoso, como si cincuenta platos apilados se arrojasen contra una pared. Una mujer se le acercó. Estaba vivo pero en grave estado. Le tomó su mano para tomarle el pulso. El abrió los ojos. Pudo ver a esa mujer preocupada por su salud. Aquella suave mano tomando la suya le producía un alivio muy grande. Levantaba su cabeza del piso con un gran esfuerzo y quería decirle algo, pero ella no escuchaba: “No te entiendo. ¡Por favor, no hables! ¿Que?”. El insistió. Ella se acercó lo más que pudo a su boca y escuchó “Solo dame un beso, sólo así voy a morir en paz”. La mujer se conmocionó. Era un niño. Perdía sangre ¡Mucha sangre! Su pulso se estaba perdiendo. Entonces, con la mayor ternura posible apoyó sus labios en los de él. Alfonso no pudo evitar lagrimear.

En el colegio solían burlarlo sus amigos porque con dieciséis años aún no había besado a una chica. Día y noche pensaba en ello y no lograba resolver ese asunto. Las burlas se hacían más y más pesadas a medida que los días pasaban y las horas sólo sumaban más adeptos. Era como una bola de nieve en pleno descenso de la montaña. Volvió a levantar su cabeza y volvió a hablar con mucha dificultad.

“Ahora ya nadie me va a poder molestar”

A los segundos Alfonso Lampiña estaba muerto.
 
Ilustrado por Nadia Vítola